Testimonio del hoy presbítero Orlando como hijo de diácono

SERVIDORES DEL AMOR

Desde que conozco a mi padre, la gente, en mi natal Puerto Rico, se dirige a él como Reverendo Diácono. Sí, no conozco a la persona de mi padre separada de su vocación como cristiano, de su misión en la vida. Desde el año 1982, mi padre, Eurípides Lugo Lugo, es diácono permanente de la Iglesia católica por imposición de manos del Arzobispo-Cardenal de San Juan de Puerto Rico, Luis Aponte Martínez, hoy emérito.

Cuando pienso en la vocación de mi papá, es inevitable que contemple también a Jesús crucificado en el Calvario, y a sus pies María, su madre, y el discípulo que tanto amaba, Juan. ¿Por qué? Fue el primer y único sacrificio del Hijo de Dios por la salvación del género humano. Allí, en ese primer altar, el mismo Maestro quiso enseñarnos cuál es la misión del diácono y de la mujer. Ambos forman un binomio necesario e inseparable en la misión de asistir al que se entrega por la salvación de todos.padredeorlandobautizando
Jesús, antes de expirar en el madero, quiso enseñarle a su discípulo el arte de amar a través del servicio, de la diaconía. Sólo el servicio entregado hasta el extremo por amor, perfecciona a la persona y a la Iglesia. El diácono está llamado a hacer de su vocación, la vocación al amor. Su vida entregada, primero a la familia y luego a la comunidad parroquial, debe ser espejo del amor de Dios. Sus obras y palabras deben manifestar que “Dios es amor” (1 Jn 4, 16).
Cada vez que veo a mi padre revestirse en la sacristía antes de comenzar la celebración eucarística, veo cómo su semblante cambia. Por un momento deja de ser mi papá, para convertirse en diácono de Jesucristo. Al igual que el discípulo amado, se prepara para contemplar en primera persona el misterio de la muerte del Hijo de Dios. Con devoción y respeto, recoge la sangre derramada de su MaestrOrlando sacristiao en una copa, que luego levanta ante los ojos de todos como si dijera en su interior: “Este es el Hombre (Ecce Homo)” (Jn. 19, 5), que da la vida, que es la fuente de la felicidad y de amor que todo ser humano necesita para vivir plenamente.
Mientras mi padre asiste a los misterios sagrados al lado del presbítero en mi parroquia Nuestra Señora Reina de la Paz en Carolina Puerto Rico, mi madre, Olga Pérez González, como María al pie de la cruz, vive cada momento intensamente en silencio. Su papel dentro de la vocación de mi papá es necesario y fundamental. Es el báculo espiritual que sostiene el ministerio de la diaconía, es el refugio de amor que necesita el diácono cada vez que siente que su humanidad flaquea. La mujer es la que se mantiene firme, por la fe, ante la cruz en los momentos en que el mundo tiembla.

Mis padres siempre cuentan que cuando iban a ordenar a mi padre, mi madre se opuso en el último momento. Mi párroco de entonces, el Padre Francisco Carlo, tardó dos años en convencerla, pues sin su consentimiento no podía ser admitido al primer grado del orden sagrado. La preocupación primera de mi mamá era la familia: “ser diácono es como ser sacerdote” , decía mi madre a mi padre, preocupada por el poco tiempo que este me podría dar a mí y a mis tres hermanos.
Pero la verdad es que la prioridad del diácono permanente tiene que ser su familia inmediata, su esposa e hijos. Su diaconía debe ejercerla primeramente en la Iglesia doméstica. Es allí donde debe manifestar todo su amor, cariños y afectos. Como el diácono actúe en su familia, así actuará en la comunidad cristiana que tanto necesita de su figura.
Yo soy testigo de esto. Cuando un diácono permanente vive su vocación al amor de manera entregada, Dios no deja de derramar bendiciones abundantes en su familia para beneficio de la Iglesia universal.
orlandofamiliaHoy, yo, el tercer hijo de este matrimonio de casi 38 años, escribo este testimonio desde el Seminario Conciliar de Madrid. Sí, soy seminarista y espero algún día convertirme en sacerdote de Jesucristo. Mi vocación al sacerdocio está muy ligada al testimonio cristiano que mis padres me han dado, al verlos cómo juntos cumplen sus papeles dentro de esta vocación regalada por nuestro Dios a hombres casados. Las oraciones y buenos deseos de mis padres me acompañan siempre. Sólo pido al Señor que me de la perseverancia y la santidad necesarias para corresponderle en este camino y, algún día, poder presidir una Eucaristía junto a mi padre, para juntos elevar alabanzas a nuestro Creador por habernos hechos servidores del amor.

Orlando Lugo Pérez

Anuncios

Acerca de diaconofrancisco

Diácono de la Archidiócesis de Madrid.

Publicado el 23 septiembre, 2014 en Esposas de diáconos. Familia., Noticias diaconado Iglesia Universal, Testimonios. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: