Testimonio del diácono Victor Manuel Fuentes

En mi vida desde muy pequeño, allá por el año 1982 (cuando yo tenía 11 años) en la primera visita de San Juan Pablo II a España se me quedó grabada en mi mente el mensaje que lanzaba: NO TENGAIS MIEDO. También hay un mandato del Señor en el Evangelio que siempre me ha interpelado mucho y sobre el que he tratado de reflexionar. El texto  es el que recoge el mandato que Jesús hace a sus apóstoles y por extensión a mi (y también creo que a todos y cada uno de los que hoy estamos aquí):     

«Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Por ello permitidme que haga una  reflexión con vosotros sobre el texto.

 

Cada vez que releo estas palabras de Jesús siento que es la guía que ha de conducir mi vida ya que el Señor también se dirige a mi, me llama a ser su discípulo en constante misión. Cuando orando en la presencia del Señor reflexiono sobre esta idea siempre me viene a mi mente la idea de que JESUS ME ENVÍA, SIN MIEDO, PARA SERVIR.

victor

 

ME ENVÍA. 

 

A lo largo de mi vida he podido experimentar la belleza de encontrar a Jesús primero en mi familia (en especial de la mano de mi madre, figura que para mí en mi vida espiritual siempre es, ha sido y será mi referente). Pero hubo un momento en el que algo en mi interior no se conformaba (tenía un buen trabajo, una familia, con mis hijos por lo que he renunciado siempre a ascender o mejorar en mi trabajo cuando esto suponía que tenía que restar tiempo a mi familia), parecía que tenía que “complicarme la vida”,  ¿para qué pensaba yo? Ahora creo que se la respuesta a esa pregunta, JESUS ME ENVIABA SIN MIEDO A SERVIR.

 

Y es verdad que a pesar de todas las complicaciones que surgieron, el ministerio diaconal en mi caso ha supuesto un darme de bruces y caer en la cuenta de que esa experiencia de Dios (ese encuentro con el Señor) no podía quedar circunscrito a mi vida personal, familiar e interior sino que Jesús quería de mí algo más.

 

Ahora soy consciente de que si eso hubiera ocurrido hubiera sido como quitarle el oxígeno a una llama que arde. Mi fe tiene que ser como una llama que se hace más viva cuanto más se comparte, se transmite, para que todos conozcan, amen y profesen a Jesucristo, que es el Señor de la vida y de la historia (cf. Rm 10,9).

 

Otro peligro que siempre está me acecha, es el hecho de que Jesús no ha dicho: si queréis, si tenéis tiempo id, sino que dijo: «Id y haced discípulos a todos los pueblos». Aquí se recoge el mandato claro de Jesús.

 

 

 

 

 

 

Compartir la experiencia de la fe, dar testimonio de la fe, anunciar el evangelio es el mandato que el Señor confía a toda la Iglesia y también a mí más como diácono; es un mandato que no nace de la voluntad de dominio, de la voluntad de poder, sino de la fuerza del amor, del hecho de que Jesús ha venido antes a nosotros y se nos ha dado, no nos dio algo de sí, sino se nos dio todo él, puesto que él ha dado su vida para salvarnos y mostrarnos el amor y la misericordia de Dios.

 

También es un hecho el que Jesús me ha tratado como una persona libre, como amigo, como hermano; y no sólo me envía, sino que me acompaña, está siempre a mi lado en esta misión de amor.

 

¿Adónde me envía Jesús? No hay fronteras, no hay límites: me hace dirigir la mirada hacia todos los hombres sin distinción. El evangelio no es para algunos sino para todos. No es sólo para los que nos parecen más cercanos, más receptivos, más acogedores. Es para todos. No debo tener miedo de ir y llevar a Cristo a cualquier ambiente, hasta las periferias existenciales, también a quien parece más lejano, más indiferente y que quizás es al que tengo más cerca físicamente. El Señor busca a todos, quiere que todos sientan el calor de su misericordia y de su amor. Por eso creo que en el fondo lo que el Señor pide de mi es la respuesta de María: hágase en mi tu voluntad para con mi persona, que no haga lo que yo quiera sino aquello que el tenga previsto para mí, ser únicamente un instrumento en sus manos.

 

Porque si no lo hago así siempre me viene a la cabeza las palabras de San Pablo:«¡Ay de mí si no anuncio el evangelio!» (1 Co 9,16). Este anuncio se me ha confiado también a mi (cuando de manos del Obispo recibí el Evangelio), para que resuene con renovada fuerza. La Iglesia necesita de mi, de todos y cada uno de nosotros, del entusiasmo, de la creatividad y de la alegría que nos debe caracterizar como cristianos.

 

 

 

 

 

SIN MIEDO 

 

No se si a alguno de vosotros os ha pasado lo que a mi, que muchas veces he pensado (antes e incluso después de haber sido ordenado): «Yo no tengo ninguna preparación especial, ¿cómo puedo ir y anunciar el evangelio?». Es verdad que mi miedo no se diferencia mucho al del profeta Jeremías, cuando fue llamado por Dios: «¡Ay, Señor, Dios mío! Mira que no sé hablar, que sólo soy un niño». También Dios nos dice a cada uno de nosotros lo que le dijo a Jeremías: «No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte» (Jr 1,6.8). Él está con nosotros.

 

«No tengáis miedo». Cuando voy a anunciar a Cristo, es él mismo el que va por delante y me guía. Al enviar a sus discípulos en misión, ha prometido: «Yo estoy con vosotros todos los días» (Mt 28,20). Y esto es verdad también para nosotros. Jesús no nos deja solos, nunca deja solo a nadie. Nos acompaña siempre.

 

 

 

Además, Jesús no dijo: «que fuésemos individualmente cada uno de nosotros», sino «ID»: somos enviados juntos. Hemos de sentir la compañía de toda la Iglesia, y también la comunión de los santos en esta misión. Cuando juntos hacemos frente a los desafíos, entonces somos fuertes, descubrimos recursos que pensábamos que no teníamos. Jesús no ha llamado a los apóstoles para que vivan aislados, los ha llamado a formar un grupo, una comunidad. En mi caso creo que la primera comunidad a la que pertenezco es a la familia que hemos fundado por el sacramento del matrimonio que he recibido. Es por ello, por lo que creo que debemos ser toda la familia la que vamos juntos en este camino.

 

 

PARA SERVIR 

 

El Salmo 95 comienza diciendo: «Cantad al Señor un cántico nuevo» (95,1). ¿Cuál es este cántico nuevo? No son palabras, no es una melodía, sino que es el canto de nuestra vida, es dejar que nuestra vida se identifique con la de Jesús, es tener sus sentimientos, sus pensamientos, sus acciones. Y la vida de Jesús es una vida para los demás, la vida de Jesús es una vida para los demás. Es una vida de servicio.

 

San Pablo, en 1 Co 9, 19 recoge: «Me he hecho esclavo de todos para ganar a los más posibles». Para anunciar a Jesús, Pablo se ha hecho «esclavo de todos». Por eso en mi tarea evangelizadora me propongo como meta (aunque muchísimas veces fallo) evangelizar dando testimonio en primera persona del amor de Dios, superando mi egoísmo, sirviendo inclinándose a lavar los pies de nuestros hermanos como hizo Jesús.

 

Y os diré que en las pocas ocasiones que consigo seguir estos tres mandatos de Jesús id, sin miedo, para servir experimento que soy yo el evangelizado, ya que al transmitir la alegría de la fe, recibo más alegría.

 

Por eso yo le pido al Señor todos los días en mi oración, que no tenga miedo de ser generoso con Cristo, de dar testimonio del evangelio. Cuando Dios envía al profeta Jeremías, le da el poder para «arrancar y arrasar, para destruir y demoler, para reedificar y plantar» (Jr 1,10. Le pido que me de fuerza para llevar el evangelio, para llevar la fuerza de Dios para arrancar y arrasar el mal y la violencia; para destruir y demoler las barreras del egoísmo, la intolerancia y el odio; para edificar un mundo nuevo ya que el Señor ha contado conmigo. La Iglesia ha contado conmingo.

 

Cuando la Iglesia nos propone como modelos de vida ejemplar a los Santos a mi me gusta mirar siempre la figura de San Juan Pablo II. Para mi es un modelo porque aquí en la tierra, se fió de Cristo. Como Tomás, exclamó “DIOS MÍO Y SEÑOR MÍO” y, la Iglesia lo proclama Santo para que, desde el cielo nos ayuden a descubrir a Cristo sin exigencias por nuestra parte. Por eso todos los días para mí, el costado de Cristo, se nos presenta más claramente cuando personajes de nuestro tiempo como Juan Pablo II, se me presenta como icono de bondad y de perseverancia, de vida y de resurrección, de entrega y de generosidad. Hoy, cuando él ya goza de la presencia viva de nuestro Señor, en el cual nosotros creemos y celebramos, es modelo porque sólo desde la Resurrección de Cristo, este nuevo santo, entendió toda su vida.

 

A él, al igual que a todos y cada uno de nosotros en nuestra medida, el encuentro personal con Cristo –como a Tomás- le cambió la vida. Y así, primero, como sacerdote, obispo y Papa después, tuvo un único afán y cometido: presentar a la Iglesia como pregonera de la alegría de la Pascua. Así también nos debe ocurrir a todos y cada uno de nosotros.

 

Así con su personalidad y todos y cada uno de nosotros con la nuestra, pero con un mismo fondo, hemos de contemplar los acontecimientos de la historia de la humanidad y la debemos iluminar con la luz de la Verdad que es Cristo. En Él, y desde Él, tenemos que colocar las dificultades, anhelos y esperanzas de la Iglesia. Ante un mundo que exige racionalidad, pruebas, eficacia y se queda en lo superficial, hemos de recordar a todos y cada uno de nuestros hermanos que Dios no se casa con nadie. Que seguir a Jesús no es edulcorar la fe. Que ser fiel a la Iglesia conlleva mostrar en nuestra propia vida a Aquel que predicamos.

 

Así, movidos por un profundo amor a Cristo y a la Iglesia, nos debe unir el testimonio – como a Tomás- de que Jesús es Alguien vivo, operativo y presente en el ámbito de nuestras vidas personales. Si a Tomás le conmovió el costado abierto de Cristo, los agujeros de los clavos en pies y manos, a cada uno de nosotros nos debe seducir un Jesús que nos llamó a ser diáconos y anunciadores de su reino. Lo demás vendrá por añadidura y por exigencias del Espíritu.

 

 

Así con esta meta resumida en esos tres mandatos (ID – SIN MIEDO – A SERVIR) es con la que me encuentro el ejercicio que me ha sido encomendado como diácono, como una vocación de la Iglesia para el servicio de la comunión, para el servicio de los hermanos.

 

Ahora bien como diácono permanente soy al mismo tiempo padre y esposo, ejerzo una profesión civil y me debo dedicar a la comunidad eclesial por el sacramento del orden, por lo que mi vocación abarca varios aspectos.

 

En esta reflexión que os invito a realizar conmigo busco sobre todo la vivencia aquí y ahora de nuestro ser. Si el quehacer no muestra el ser, de poco sirve todo lo demás, ya que el bien lo hace el Señor en y por medio de nosotros: Si el Señor no edifica la casa en vano trabajan los constructores, y de sobra vigilan los guardias si el Señor no cuida de la ciudad.

 

Lo primero que me trae a la mente es el hecho de que fui elegido, no elegí yo. Se me llamó y acepté y cada uno de nosotros aceptamos la llamada. Y la pregunta que me surge a continuación es ¿elegido para qué, qué llamado? La respuesta es clara si acudimos al Señor: no fui elegido para ser servido sino para servir. En el tiempo que duró mi preparación en el camino hacia el diaconado me y nos preparamos para que esta respuesta impregnara mi vida y fuera una realidad. Estudié, oré, leí, medité, asistí a clases, me comprometí….. pero sobre todo procuré saber hasta que punto el Señor había asumido con dolor y con gozo la misma tarea que ahora se me encomendaba (servir).  Y la tarea que me (nos) encomienda el Señor a todos y cada uno de nosotros es la de dar antes que recibir.

 

Pero un dar con entusiasmo, no como una mera resignación o cara larga ya que mi alegría esta más en dar que en recibir. Cuando extiendo mis manos a algún hermano trato de extenderlas como signo de entrega, de puerta que se abre para acoger, de modo que se ensanche mi corazón para dar cabida cordial a cuantos solicitan mi ayuda.

 

 

 

Más todavía, me he dado cuenta de que el ministerio no es una comodidad sino un esfuerzo y sacrificio. Es muy cómodo esperar a los que llegan, que ir a buscar a los que faltan, pero ahí está siempre la exigencia del Señor de que mi mirada la he de depositar en la parábola de la oveja perdida que evoca claramente el celo de Jesús para buscar a los suyos donde se encuentren.

 

Yendo un poco más allá en esta reflexión caigo en la cuenta de que no somos de este mundo sino que estamos en él para cambiarlo. Mi/nuestra diaconía es un anuncio de una posibilidad de vida antagónica, dichosa, servidora de nuestros hermanos. Cualquier cosa, por lo mismo, menos acomodarnos a él y aceptar sus propuestas. Esto no ha de ocurrir tanto con un NO, cuanto con la entrega de un mensaje positivo en que la generosidad supere el egoísmo y el servir a ser servido, la esperanza al desconcierto o la desesperación.

 

La segunda manera para sacudir esa rutina que en ocasiones hace olvidar el ardor del corazón y el celo por los demás, estriba en un cabal acercamiento a las personas que nos necesitan. El apostolado no se hace a la distancia; se hace en el abrazo, en la mirada directa y penetrante, en y desde la necesidad de nuestros hermanos ( y no siempre hay que irse muy lejos, sino incluso con mis compañeros que no piensan como yo).

 

Una vez más, el Señor es el ejemplo. El no rehuyó a los más desvalidos ni a los que se encontraban solos y repudiados, sino que los puso a su lado y los presentó como ejemplo. En su predicación del Reino mostró al Padre misericordioso que hace salir el sol y caer la lluvia sobre justos y pecadores. Acogió a quienes buscaban de noche por temor a sus vecinos, dedicó las horas mejores de la tarde para retirarse con los apóstoles y escuchar el relato de su actividad misionera. Puso sus ojos sobre quienes se acercaban y los alteró definitivamente: vio a la muchedumbre y se conmovió, al joven rico y lo amó, a Pedro que lo negaba y le recordó la triple negación, a su madre y la encomendó a Juan.

 

Jesús no amaba en abstracto ni sabía de las necesidades por estadísticas (uno de los riesgos más importantes en nuestros días, transformando a las personas en cifras y porcentajes.

 

En realidad, son tres grandes dimensiones: la  familiar, la profesional y la eclesial. Aunque con desafíos propios, cada una de las tres no dejan de contribuir positivamente a la realización de la vocación diaconal.

 

Y, como estoy casado (al igual que la mayoría de vosotros), antes de recibir el sacramento del Orden había recibido el Sacramento del Matrimonio. El último punto de mi reflexión que estoy tratando de compartir con vosotros es: Si soy consciente de la responsabilidad que implica esta situación (cuanta alegría y a la vez cuantas preocupaciones). Hay que tener en cuenta los deberes domésticos, la educación de nuestros hijos, el afrontar las tareas y obligaciones de la casa y de la familia.

 

 

 

 

 

Lo que siempre he tenido claro es que no puedo utilizar como excusa un ámbito para justificar eventuales deficiencias en el servicio diaconal ni en el familiar. Soy plenamente consciente de que la Iglesia me llama siendo consciente de mis limitaciones y del hecho de tener que dividir mi tiempo, porque bien sabe también que a la postre todo proviene de un solo amor, y remata en este mismo y único amor que es el de Dios (Deus caritas es).

 

Yo me tengo que acercar a los demás desde mi amor matrimonial, no a pesar de él. Voy enriquecido con la experiencia de servicio a mi mujer y a mis hijos tratando de dar testimonio de que es posible la entrega al prójimo en la pareja de esposos. El matrimonio muestra hasta que punto puede llegar el amor humano (a la identificación en uno de los que son dos). Esta compatibilidad entre matrimonio y servicio al pueblo de Dios es un don que agradezco también a nuestra Iglesia.

 

Tengo muy presente que la comunidad natural y a la que primariamente pertenezco es a la generada en el matrimonio. La Iglesia bendijo nuestro amor y solemnemente nos hizo proclamar el compromiso de ser uno y de convivir con fidelidad en lo favorable y en lo adverso. Fortalecidos con la gracia sacramental, damos testimonio de una vida de entrega mutua basada, más allá de las obligaciones legales, en el amor que se prolonga hasta el final de nuestros días y se proyecta hasta la eternidad.

 

En esta comunidad que hemos formado, la humanidad ha crecido y se ha multiplicado, ya que por gracia de Dios hemos sido condecorados con el título de padre y madre. Estamos orgullosos de ser esposos y padres de familia.

 

Así nuestro trabajo diaconal cobra un sello propio de presencia en el mundo en que vivimos. Tanto Cristina, como Pablo y María nos acompañan en esta tarea y constituyen un gran apoyo y llegamos al quehacer de servicio con una experiencia de enorme utilidad que nos acerca psicológica y sociológicamente a quienes forman o procuran formar sus propias comunidades familiares.

 

Tratamos tanto Cristina como yo de ser uno también en el ejercicio del ministerio. Al igual que compartimos la vida del hogar, las preocupaciones, la formación de nuestros hijos, ¿cómo no vamos a compartir también el servicio diaconal? Cristina participa del diaconado por ser una conmigo. Tratamos de que exista la participación de Cristina en su calidad de esposa en la diaconía, atendida la realidad del matrimonio que nos hace uno. Y también de Pablo y de María, cada uno con nuestros cometidos, sin invadirnos, pero siempre todos al servicio del Señor.

 

Así pues, administrar estos retos y ponerlos al servicio de la misión es tarea diaria. Es preciso madurez y oración para discernir el tiempo a conceder a cada función, el peso adecuado en el momento exacto. La armonización de los posibles conflictos exige una escala de valores dictada por la vivencia de los sacramentos del matrimonio y del orden, y por la responsabilidad profesional. No se trata de privilegiar una de las dimensiones en detrimento de las otras; es necesario, incluso dando prioridad momentánea a una de ellas, buscar el equilibrio. Sin esa armonía no existe plena realización personal.

 

 

 

 

En mi vocación al ministerio al que he sido llamado es necesario que aplique a la vocación diaconal las características bíblicas de la llamada:

 

  1. Vocación como don de Dios: ‘antes incluso de te formaras en el vientre materno, yo te conocí; antes de que salieras del seno, yo te consagré. Yo te he puesto profeta para las naciones’ (Jr 1,4-5 ).

 

  1. También es don para la Iglesia. Un bien que me ha sido entregado, para la vocación y para la misión. Como don, debo acogerlo dentro de las circunstancias del tiempo y del ambiente en el que vivo.

 

  1. Y todo esta realizar ha de realizarse en estrecha unión con mi familia y con la comunidad eclesial.

 

  1. Las sagradas escrituras revelan, además, que la llamada ocurre con la mirada puesta en una misión específica. Es una invitación personal que espera adhesión consciente de fe y de vida, incluida una consagración particular a Dios en forma de servicio al pueblo.

 

 

Si toda vocación es un servicio; la llamada al diaconado, lo es de forma especial por ser, los que hemos sido ordenados diáconos, señal sacramental de Cristo – Siervo. El servicio, algo común a todos los cristianos, los diáconos lo debemos asumir como función propia, de la que estamos obligados a dar testimonio personalizado.

 

Hemos de abrazar la diaconía con toda la intensidad de nuestra vida, como algo que nos afecta en primera persona. Juan Pablo II dice de los diáconos que trabajan al seguimiento de Jesús, en esta actitud de servicio humilde que no solo se expresa en las obras de caridad, pero invierte y forja el modo de pensar y de actuar’ (L’ Osservatore Romano, n. 43 ( 24/10/93 ), p 12 ).

 

Así pues, la misión y la función de nuestro diaconado no deben evaluarse con criterios meramente pragmáticos, por estas o aquellas funciones […]. el carisma de nuestro diaconado es ser señal sacramental de Cristo – Siervo.

 

Aunque la vocación surja de una llamada de Dios, Él lo hace, normalmente, por medio de caminos vinculados a la realidad en que vivimos. La llamada, en nuestro caso, es acogida por hombres concretos todos y cada uno de nosotros, cada cual con su historia, limitaciones y cualidades.

 

En lo que a mi experiencia personal se refiere tengo que decir que me siento muy contento con este servicio aunque en ocasiones suponga un gran esfuerzo porque hay que compaginar trabajo, familia y el servicio a la Iglesia propio del diácono, y el tiempo libre es escaso.

 

Hay veces que acabas agotado, pero te queda buen sabor de boca cuando, después de visitar a alguna persona, o de simplemente escucharla, ves que la has hecho feliz, que necesitaba que la escuchases, que la acompañes, que pueda recibir los sacramentos mediante una preparación adecuada, que pueda escuchar y meditar la Palabra de Dios…

 

Todo eso me ayuda a realizarme como cristiano, como fiel seguidor de Jesucristo, que entregó su vida por el bien de todos, así que yo intento entregar mi tiempo libre.

 

En muchas de estas tareas, también cuento con mi familia, que me acompaña en muchísimas ocasiones. También me siento agradecido y comprometido, como cristiano y creyente convencido, con el deber de ser testigo de mi opción en el seguimiento de Cristo, y corresponderle, en la medida de mis posibilidades y de mis limitaciones humanas, pero honestamente, al amor y la ternura de Dios hacia mí y hacia mi familia.

 

Por todo ello le pido a la Santísima Virgen que interceda ante el Señor para que me  ayude y me sostenga siempre ya que siempre necesito de la conversión, luz, paz y valentía para hacerlo presente en este mundo:

 

Ayúdame Señor a esparcir tu fragancia donde quiera que vaya. 

Inunda mi alma de espíritu y vida. 

Penetra y posee todo mi ser hasta tal punto que toda mi vida solo sea una emanación de la tuya. 

Brilla a través de mí, y mora en mi de tal manera que todas las almas que entren en contacto conmigo puedan sentir tu presencia en mi alma. 

Haz que me miren y ya no me vean a mí sino solamente a ti, oh Señor. Quédate conmigo y entonces comenzaré a brillar como brillas Tú; a brillar para servir de luz a los demás a través de mí. 

La luz, oh Señor, irradiará toda de Ti; no de mí; serás Tu, quien ilumine a los demás a través de mí. 

Permíteme pues alabarte de la manera que más te gusta, brillando para quienes me rodean. 

Haz que predique sin predicar, no con palabras sino con mi ejemplo, por la fuerza contagiosa, por la influencia de lo que hago, por la evidente plenitud del amor que te tiene 

mi corazón. Amén 

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Publicado el 16 febrero, 2016 en Noticias diaconado Iglesia de España, Testimonios. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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