La unidad de contemplación y acción en la vida diaconal.(diácono Jaime Noguera)

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 Lo que nos dice Tomás de Kempis acerca de la contemplación[1]:

Resumo mucho. El final de la vida espiritual es la contemplación de Dios, que se alcanza por una serie de etapas. Tres grados: el primero es el conocimiento de uno mismo, que está basado en la situación de pecado y de miseria en la que vivimos. Este conocimiento es bueno para provocar un movimiento de reacción del hombre, porque al enfrentarse a su miseria, se da cuenta de su pequeñez y de lo lejano que está de Dios, y es lo que le lleva a un movimiento ascendente, de la humildad a la grandeza de Dios. El segundo grado es el movimiento de descenso que produce la conciencia de miseria y pecado. El tercer grado es la contemplación de Dios, descubrimiento de un Dios providente, omnipotente y bueno que produce en el cristiano una respuesta concreta muy devota, que es el temor, la humildad y la caridad.jaime-1

Lo que nos enseña el Catecismo (CEC) acerca de la oración de contemplación

(núm. 2709 a 2719)

 

2709 ¿Qué es esta oración? Santa Teresa responde: “no es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” (vida 8). La contemplación busca al “amado de mi alma” (Ct 1, 7; cf Ct 3, 1-4). Esto es, a Jesús y en él, al Padre. Es buscado porque desearlo es siempre el comienzo del amor, y es buscado en la fe pura, esta fe que nos hace nacer de él y vivir en él. En la contemplación se puede también meditar, pero la mirada está centrada en el Señor.

2710 La elección del tiempo y de la duración de la oración de contemplación depende de una voluntad decidida reveladora de los secretos del corazón. No se hace contemplación cuando se tiene tiempo, sino que se toma el tiempo de estar con el Señor con la firme decisión de no dejarlo y volverlo a tomar, cualesquiera que sean las pruebas y la sequedad del encuentro. No se puede meditar en todo momento, pero sí se puede entrar siempre en contemplación, independientemente de las condiciones de salud, trabajo o afectividad. El corazón es el lugar de la búsqueda y del encuentro, en la pobreza y en la fe.

2711 La entrada en la contemplación es análoga a la de la Liturgia eucarística: “recoger” el corazón, recoger todo nuestro ser bajo la moción del Espíritu Santo, habitar la morada del Señor que somos nosotros mismos, despertar la fe para entrar en la presencia de Aquél que nos espera, hacer que caigan nuestras máscaras y volver nuestro corazón hacia el Señor que nos ama para ponernos en sus manos como una ofrenda que hay que purificar y transformar.

2712 La contemplación es la oración del hijo de Dios, del pecador perdonado que consiente en acoger el amor con el que es amado y que quiere responder a él amando más todavía (cf. Lc 7, 36-50; 19, 1-10). Pero sabe que su amor, a su vez, es el que el Espíritu derrama en su corazón, porque todo es gracia por parte de Dios. La contemplación es la entrega humilde y pobre a la voluntad amante del Padre, en unión cada vez más profunda con su Hijo amado.

2713 Así, la contemplación es la expresión más sencilla del misterio de la oración. Es un don, una gracia; no puede ser acogida más que en la humildad y en la pobreza. La oración contemplativa es una relación de alianza establecida por Dios en el fondo de nuestro ser (cf. Jr 31, 33). Es comunión: en ella, la Santísima Trinidad conforma al hombre, imagen de Dios, “a su semejanza”.13498032_10154890045176002_1022547823930475506_o

2714 La contemplación es también el tiempo fuerte por excelencia de la oración. En ella, el Padre nos concede “que seamos vigorosamente fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior, que Cristo habite por la fe en nuestros corazones y que quedemos arraigados y cimentados en el amor” (Ef 3, 16-17).

2715 La contemplación es mirada de fe, fijada en Jesús. “Yo le miro y él me mira”, decía, en tiempos de su santo cura, un campesino de Ars que oraba ante el Sagrario. Esta atención a Él es renuncia a “mí”. Su mirada purifica el corazón. La luz de la mirada de Jesús ilumina los ojos de nuestro corazón; nos enseña a ver todo a la luz de su verdad y de su compasión por todos los hombres. La contemplación dirige también su mirada a los misterios de la vida de Cristo. Aprende así el “conocimiento interno del Señor” para más amarle y seguirle (cf. San Ignacio de Loyola, ex. sp. 104).

2716 La contemplación es escucha de la palabra de Dios. Lejos de ser pasiva, esta escucha es la obediencia de la fe, acogida incondicional del siervo y adhesión amorosa del hijo. Participa en el “sí” del Hijo hecho siervo y en el “fiat” de su humilde esclava.

2717 La contemplación es silencio, este “símbolo del mundo venidero” (san Isaac de Nínive, tract. myst. 66) o “amor silencioso” (san Juan de la Cruz). Las palabras en la oración contemplativa no son discursos, sino ramillas que alimentan el fuego del amor. En este silencio, insoportable para el hombre “exterior”, el Padre nos da a conocer a su Verbo encarnado, sufriente, muerto y resucitado, y el Espíritu filial nos hace partícipes de la oración de Jesús.

2718 La contemplación es unión con la oración de Cristo en la medida en que ella nos hace participar en su misterio. El misterio de Cristo es celebrado por la Iglesia en la Eucaristía; y el Espíritu Santo lo hace vivir en la contemplación para que sea manifestado por medio de la caridad en acto.

2719 La contemplación es una comunión de amor portadora de vida para la multitud, en la medida en que se acepta vivir en la noche de la fe. La noche pascual de la resurrección pasa por la de la agonía y la del sepulcro. Son tres tiempos fuertes de la Hora de Jesús que su Espíritu (y no la “carne que es débil”) hace vivir en la contemplación. Es necesario consentir en “velar una hora con él” (cf Mt 26, 40).

 

 

 

La grandeza de Dios: he aquí el punto de partida para que la acción sea luego expresión de la caridad y no mero activismo social; para que dejemos que Dios «haga en nosotros» y el amor que ofrezcamos sea reflejo de su amor, y no mera expresión de nuestro esfuerzo ni de nuestra mirada filantrópica.

  1. Tres cuestiones previas:

SERVICIO, ADORACIÓN Y VACIAMIENTO EN CRISTO

 

  1. Todos los cristianos estamos llamados a «servir», a «hacer obras de caridad», aunque no todos estamos llamados a ser ordenados diáconos. Lo que diferencia al diácono de cualquier otro, laico o consagrado, es la forma en que el diácono es «enviado» por el obispo a cumplir con un encargo, a servir a sus hermanos, respondiendo de manera concreta a las necesidades de la comunidad, según la comprensión y el discernimiento de su obispo. La teología del diaconado hunde sus raíces en la oración, por el vaciamiento esencial del diácono en Cristo, y en la obediencia, por la promesa hecha al obispo el día de la ordenación. Oración y obediencia.

 

  1. La adoración y el servicio conforman un todo unificado en la vida de la Iglesia. Una diaconía que no esté enraizada en la adoración, así como un servicio que no se configure como diaconía es impensable. Y todo el actuar de la comunidad está presidido por el obispo, que preside la adoración y la liturgia, que supervisa las actuaciones dedicadas a reflejar la caridad. Oración y obediencia.

 

  1. El ejercicio del ministerio diaconal es representación de Cristo y de la Iglesia, no meramente jurídica o moral, como emisario o embajador, sino real y sacramental. El diácono no es intermediario, sino instrumento de Cristo. No se trata sólo de una función o misión, sino de una realidad ontológico-sacramental que transforma a la persona del ministro. El diácono, cuando ejerce su ministerio ―sea leitourgia, diakonia o martyria―, personifica a Cristo siervo, es su sacramento o imagen; es su vicario, «ocupa el lugar» de Cristo siervo, «hace las veces» de Cristo siervo; su ser mismo está identificado sacramentalmente con Cristo siervo… a quien adora y sirve. Oración y obediencia.

 

  1. TRANSITAR CAMINOS DE PENITENCIA:

«El secreto está en el como»:

«Como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden».

 

Sentir el perdón, tener experiencia del perdón, perdonar y pedir perdón deben convertirse en una experiencia diaria del «estilo de vida» del cristiano transformado por la misericordia de Dios. Y no ser una fórmula de excepción. «Este amor permite a los discípulos de Jesús no perder la identidad recibida de Él, y de reconocerse como hijos del mismo Padre. En el amor que ellos practican en la vida se refleja así aquella Misericordia que no tendrá jamás fin». (Cfr. 1 Cor 13, 1-12).

 

Decía la santa Madre Teresa de Calcuta: «Perdonar no sólo tiene como beneficio el crecimiento interior, sino que también trae consigo una gran paz en quien lo practica. Perdonar es un ejercicio de las virtudes, porque para perdonar se necesita de caridad, humildad, paciencia, prudencia, fortaleza, amor… Perdonar es la manifestación de un corazón puro como consecuencia de una vida virtuosa. El perdón es una decisión, no un sentimiento, porque cuando perdonamos no sentimos más la ofensa, no sentimos más rencor. Perdona, que perdonando tendrás en paz tu alma y la tendrá el que te ofendió».

 

El perdón es síntesis de la relación entre contemplación y acción.

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  1. Cinco caminos de penitencia

Acudamos al acercamiento a esta cuestión que proponen las homilías de san Juan Crisóstomo[2], a partir de las siguientes lecturas: la parábola del fariseo y el publicano y la continuación del Padrenuestro en el evangelio según san Mateo.

Parábola del fariseo y el publicano:

«Dijo también esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás: Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ‘¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo’. El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ‘¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador’. Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido» (Lc 18, 9-14).

 

Continuación del Padrenuestro:

 

«Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial, pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas» (Mt 6, 14-15).

 

San Juan Crisóstomo nos propone todo un programa práctico de renovación espiritual a través de sus cinco caminos de penitencia: reconocer las propias faltas, perdonar las ofensas recibidas, perseverar en la oración interior, compartir generosamente con los necesitados ―el verdadero sentido de la limosna en la Biblia― y proceder con humildad. Nadie que quiera seguir a Jesús estará excusado de recorrer esos caminos.

 

«El primer camino de penitencia consiste en la acusación de los pecados: “Confiesa primero tus pecados, y serás justificado. Por eso dice el profeta: Propuse: ‘Confesaré al Señor mi culpa’, y Tú perdonaste mi culpa y mi pecado. Condena, pues, tú mismo, aquello en lo que pecaste, y esta confesión te obtendrá el perdón ante el Señor, pues, quien condena aquello en lo que faltó, con más dificultad volverá a cometerlo; haz que tu conciencia esté siempre despierta y sea como tu acusador doméstico, y así no tendrás quien te acuse ante el tribunal de Dios… Hay también otro, no inferior al primero, que consiste en perdonar las ofensas que hemos recibido de nuestros enemigos, de tal forma que, poniendo a raya nuestra ira, olvidemos las faltas de nuestros hermanos; obrando así, obtendremos que Dios perdone aquellas deudas que ante Él hemos contraído; he aquí, pues, un segundo modo de expiar nuestras culpas. ¿Quieres conocer un tercer camino de penitencia? Lo tienes en la oración ferviente y continuada, que brota de lo íntimo del corazón. Si deseas que te hable aún de un cuarto camino, te diré que lo tienes en la limosna: ella posee un grande y extraordinario poder. También, si eres humilde y obras con modestia, en este proceder encontrarás, no menos que en cuanto hemos dicho hasta aquí, un modo de destruir el pecado: De ello tienes un ejemplo en aquel publicano, que, si bien no pudo recordar ante Dios su buena conducta, en lugar de buenas obras presentó su humildad y se vio descargado del gran peso de sus muchos pecados.

 

No te quedes, por tanto, ocioso, antes procura caminar cada día por la senda de estos caminos: ello, en efecto, resulta fácil, y no te puedes excusar alegando tu pobreza, pues, aunque vivieres en gran penuria, podrías renunciar a tu ira y mostrarte humilde, podrías orar de manera constante y confesar tus pecados; la pobreza no es obstáculo para dedicarte a estas prácticas. Pero, ¿qué estoy diciendo? La pobreza no impide de ninguna manera el andar por aquel camino de penitencia que consiste en seguir el mandato del Señor, distribuyendo los propios bienes ―hablo de la limosna. pues esto lo realizó incluso aquella viuda pobre que dio sus dos pequeñas monedas.laremore2

 

Ya que has aprendido con estas palabras a sanar tus heridas, decídete a usar de estas medicinas, y así, recuperada ya tu salud, podrás acercarte confiado a la mesa santa y salir con gran gloria al encuentro del Señor, rey de la gloria, y alcanzar los bienes eternos por la gracia, la misericordia y la benignidad de nuestro Señor Jesucristo».

  1. Ser cristiano es asemejarse a Cristo

San Gregorio de Nisa[3], obispo, en su Tratado sobre el perfecto modelo del cristiano, nos ayuda a reflexionar sobre esta cuestión. Apoya su comentario en las siguientes lecturas: Perseverancia (cf. 2Co 13, 5–6) y renovación (cf. Ef 4,17-5,1).

Perseverancia

«Examinad vosotros si os mantenéis en la fe. Comprobadlo vosotros mismos. ¿O no reconocéis que Cristo Jesús está en vosotros? ¡A ver si no pasáis la prueba! Aunque espero que reconozcáis que nosotros sí la hemos pasado» (2Co 13.5-6).

 

El hombre nuevo:

 

«Esto es lo que digo y aseguro en el Señor: que no andéis ya, como es el caso de los gentiles, en la vaciedad de sus ideas, con la razón a oscuras y alejados de la vida de Dios; por la ignorancia y la dureza de su corazón. Pues perdida toda sensibilidad, se han entregado al libertinaje, y practican sin medida toda clase de impureza. Vosotros, en cambio, no es así como habéis aprendido a Cristo, si es que lo habéis oído a él y habéis sido adoctrinados en él, conforme a la verdad que hay en Jesús, despojaos del hombre viejo y de su anterior modo de vida, corrompido por sus apetencias seductoras, renovaos en la mente y en el espíritu y revestíos de la nueva condición humana creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas. Por lo tanto, dejaos de mentiras, hable cada uno con verdad a su prójimo, que somos miembros unos de otros. Si os indignáis, no lleguéis a pecar; que el sol no se ponga sobre vuestra ira. No deis ocasión al diablo. El ladrón, que no robe más; sino que se fatigue trabajando honradamente con sus propias manos para poder repartir con el que lo necesita. Malas palabras no salgan de vuestra boca; lo que digáis sea bueno, constructivo y oportuno, así hará bien a los que lo oyen. No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios con que él os ha sellado para el día de la liberación final. Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo. Sed imitadores de Dios, como hijos queridos» (Ef 4,17-5,1).

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Esta es la conclusión de san Gregorio de Nisa: Conformar nuestros pensamientos, palabras y obras a los de Cristo; de esa norma básica y fundamental extrae el criterio de discernimiento para nuestra propia conducta: todo aquello que nos acerque a Cristo es bueno, y malo lo que nos aleje de él.

 

«Hay tres cosas que manifiestan y distinguen la vida del cristiano: la acción, la manera de hablar y el pensamiento. De ellas, ocupa el primer lugar el pensamiento; viene en segundo lugar la manera de hablar, que descubre y expresa con palabras el interior de nuestro pensamiento; en este orden de cosas, al pensamiento y a la manera de hablar sigue la acción, con la cual se pone por obra lo que antes se ha pensado. Siempre, pues, que nos sintamos impulsados a obrar, a pensar o a hablar, debemos procurar que todas nuestras palabras, obras y pensamientos tiendan a conformarse con la norma divina del conocimiento de Cristo, de manera que no pensemos, digamos ni hagamos cosa alguna que se aparte de esta regla suprema. Todo aquel que tiene el honor de llevar el nombre de Cristo debe necesariamente examinar con diligencia sus pensamientos, palabras y obras, y ver si tienden hacia Cristo o se apartan de él. Este examen puede hacerse de muchas maneras. Por ejemplo, toda obra, pensamiento o palabra que vayan mezclados con alguna perturbación no están, de ningún modo, de acuerdo con Cristo, sino que llevan el sello del adversario, el cual se esfuerza en mezclar con las perlas el lodo de la perturbación, con el fin de afear y destruir el brillo de la piedra preciosa. Por el contrario, todo aquello que está limpio y libre de toda turbia impresión tiene por objeto al autor y príncipe de la tranquilidad, que es Cristo; él es la fuente pura e incorrupta, de manera que el que bebe y recibe de él sus impulsos y afectos internos ofrece una semejanza con su principio y origen, como la que tiene el agua nítida del cántaro con la fuente de la que procede. En efecto, es la misma y única nitidez la que hay en Cristo y en nuestras almas. Pero con la diferencia de que Cristo es la fuente de donde nace esta nitidez, y nosotros la tenemos procedente de esta fuente. Es Cristo quien nos comunica el adorable conocimiento de sí mismo, para que, como humanos, tanto en lo interno como en lo externo, nos ajustemos y adaptemos, por la moderación y rectitud de nuestra vida, a este conocimiento que proviene del Señor, dejándonos guiar y mover por él. En esto consiste (a mi parecer) la perfección de la vida cristiana: en que, hechos partícipes del nombre de Cristo por nuestro apelativo de cristianos, pongamos de manifiesto, con nuestros sentimientos, con la oración y con nuestro género de vida, el poder de este nombre.

  • ASUMIR EL COMPROMISO

“Dios nos pide todo, pero al mismo tiempo nos ofrece todo” (EG 12)

 

Al servir a los hombres, servimos a Cristo en nombre de la Iglesia. El compromiso es el consentimiento del hombre a la promesa de plenitud, a la salvación. ¡Nada menos!

 

«“Hoy te has comprometido a aceptar lo que el Señor te propone: que Él será tu Dios, que tú irás por sus caminos, guardarás sus mandatos, preceptos y decretos, y escucharás Su voz”. Hoy se compromete el Señor a aceptar lo que tú le propones: que serás su propio pueblo, (…), que guardarás sus preceptos» (Dt 26, 17-18).

El compromiso del diácono, el «esfuerzo» del hombre, siempre es una respuesta al Dios que «nos amó primero» (1Jn 4,16). Esto tiene dos derivadas:

  • Debe dar amor quien lo recibió primero.
  • Como el compromiso es de «amor», es gratuito, no es transaccional, se da a cambio de nada. Ahora bien, sólo puede dar Amor de verdad quien se siente amado por Cristo.

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El compromiso es, pues, una respuesta, la de la fe, la respuesta del hombre a la propuesta de Dios, que toma la iniciativa de iniciar un diálogo. La capacidad de responder la recibimos del mismo don que se nos concede. Una respuesta que tiene que ser humilde, de obediencia filial ―nunca servil, pues nosotros conocemos el plan del Padre―, aceptadora de la voluntad divina, justa e imparcial.

 

Servir a Cristo es vivir por Él y como Él. Y esto requiere sacrificio y entrega: Dios no nos llama al éxito, nos llama al fracaso de la Cruz. Nos llama a ser fieles y a perder la vida por amor a Él. Cuando hayamos fracasado y perdido la vida… vendrá la resurrección.

 

Para «modelizar», para dar forma a nuestro compromiso, podemos apoyarnos en los diez mandamientos ―que no son las diez sugerencias ni las diez cargas―; en las siete bienaventuranzas: humildad, mansedumbre, llanto, hambre y sed de justicia, misericordia, paz y acogida a los perseguidos; que están relacionadas con los siete dones del Espíritu Santo ―sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios―, que a su vez están relacionadas con las siete peticiones del Padrenuestro ―«santificado sea tu Nombre»,  «venga a nosotros tu Reino»,  «hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo»,  «danos hoy nuestro pan de cada día»,  «perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden»,  «no nos dejes caer en la tentación», «y líbranos del mal»[4].

 

Para hacer la voluntad de Dios hay que hablar con Dios: permanecer a la escucha. ¿De verdad rezamos?, ¿cuánto tiempo le dedicamos a Dios?

  • No podemos recorrer el camino de las bienaventuranzas sin el apoyo del Espíritu Santo, y no podemos contar con esa ayuda sin la oración.
  • También y especialmente con la oración comunitaria. La liturgia: unifica ―te une a tus hermanos―, te pone en manos de Dios, te hace pequeño, te interpela, te enseña, te acoge, te abraza, te santifica.

 

El compromiso debe ser acorde con la voluntad de Dios, con lo que Dios quiere para cada uno de nosotros. En el Padrenuestro rezamos «hágase tu voluntad», que es la respuesta que dio la Santísima Virgen: «Hágase en mí». Esto implica pedirle a Dios que nos lo diga, que nos ayude a cumplir con Su voluntad. Porque compromiso no es «hacer lo que yo quiero hacer», sino rezar desde el corazón «seré lo que quieras que sea, haré lo que quieras que haga, diré lo que quieras que diga».

 

¿Y yo a qué me comprometo? Hablamos de Amor, de Caridad[5].

 

«Muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe» (St 2,18).

 

Como nos enseñaba el P. Werenfried van Straaten, fundador de Ayuda a la Iglesia Necesitada, «Cristo no es un político, ni un general, ni un líder sindical. Es el Hijo de Dios hecho hombre para llevar a la humanidad a la vida divina. Nos exhorta a ser perfectos como nuestro Padre Celestial es perfecto. Sólo en la medida en que respondamos a esta vocación, la injusticia desaparecerá de la faz de la Tierra». También decía que «el hombre es mejor de lo que pensamos». Y que «Dios es mucho mejor de lo que pensamos». Y que «en el cielo no hay oficinas de correos, que si queremos… ya están los hombres, en los que Dios vive».

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Visitar a los enfermos, dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, dar posada al peregrino, vestir al desnudo, visitar a los presos, enterrar a los muertos[6]. Enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, corregir al que se equivoca, perdonar al que nos ofende, consolar al triste, sufrir con paciencia los defectos del prójimo, rogar a Dios por los vivos y por los difuntos[7]. Y siempre preguntándote si lo que haces, lo haces por sentirte bien contigo mismo o por amor a Dios. Porque la vida cristiana es una vida de comunión filial y porque el compromiso es la alegre respuesta al Amor de Dios.

Dios sea bendito y alabado

Madrid, 15 de octubre de 2016

Jaime Noguera Tejedor, DP

 

[1] En Kempis hay que estar atento a los movimientos del alma para ver cuáles te elevan a Dios y cuáles no.

[2] San Juan Crisóstomo (347-407) nació en Antioquia, donde recibió el bautismo cuando tenía aproximadamente 20 años. Huérfano de padre ―un alto oficial del ejército imperial― fue educado por su madre, Antusa, una cristiana ejemplar. Se formó con excelentes profesores y se graduó de abogado, pero luego dejó la carrera para dedicarse por entero a la teología. Se retiró seis años a vivir como monje en el desierto. Regresó a Antioquía a causa de una enfermedad y fue ordenado primero diácono (380), después sacerdote (386) y durante los siguientes doce años ejerció como párroco y predicador en su ciudad natal. Predicaba sin descanso y se mostraba cercano a sus feligreses en sus tristezas y alegrías. Su fama se extendió hasta la propia capital imperial, Constantinopla, donde, tras la muerte del arzobispo Nectario, fue elegido como su sucesor. Patriarca de Constantinopla, destacó por su amor a los pobres, creando varias instituciones a su servicio. Se preocupó también por los inmigrantes godos e hizo que tuvieran un clero propio y celebraran la liturgia en su lengua. Se opuso a la corrupción del clero y vivió con gran sencillez. En sus sermones denunciaba las injusticias de los ricos y se ganó por eso el odio de la emperatriz Eudoxia, quien, hábilmente, se alió con el Patriarca Teófilo de Alejandría; éste consiguió el apoyo de otros 36 obispos para destituirlo de su cargo. Deportado al Cáucaso, falleció el 14 de septiembre del año 407. Su modelo cristiano era San Pablo. Fue un maestro de la interpretación de la Escritura, fiel a los textos e incansable para desentrañar sus riquezas. Comentó línea a línea y en profundidad el Génesis, los Evangelios de Mateo y Juan, los Hechos de los Apóstoles y las cartas completas de Pablo. Se conservan casi 1500 sermones suyos. Fue el más grande predicador del Oriente cristiano: de ahí su sobrenombre “crisóstomo” o “boca de oro”.

 

[3] San Gregorio de Nisa (335-394). Hermano menor de San Basilio de Cesarea y de Santa Macrina, poseía una inteligencia penetrante y un corazón ardiente. Durante su juventud estudió por su cuenta a los grandes pensadores griegos y aprendió a expresarse con elegancia y belleza. Recibió el bautismo ya adulto y se casó con Teosebia, fina mujer que compartía sus mismas inclinaciones espirituales y moriría pronto. Pasó varios años de retiro en el Ponto, dedicado a la oración y el estudio de la Sagrada Escritura. Obligado por las circunstancias a abandonar esa forma de vida tan acorde a sus inclinaciones, aceptó el cargo de obispo de la pequeña ciudad de Nisa en Cesarea (371). Fue expulsado de su diócesis por intrigas de sus enemigos y volvió triunfalmente a ella en 381. Participó en el segundo concilio ecuménico (Constantinopla 381), donde impartió el discurso inaugural. Su «Vida de Moisés» describe el ascenso del alma hacia Dios y su «Gran Catecismo» expone ordenadamente la doctrina cristiana. Junto con su hermano Basilio contribuyó decisivamente a desarrollar la doctrina católica de la Santísima Trinidad.

 

[4] Sugerencia de ejercicio práctico: haz una tabla que relacione las siete bienaventuranzas con los siete dones del Espíritu Santo y con las siete peticiones del Padrenuestro.

[5] Sugerencia de ejercicio práctico: Prepara una Hoja apaisada, con dos líneas verticales para que te queden tres columnas que puedas relacionar de la siguiente manera:

 

[6] Obras de misericordia corporales.jaimenoguera-3

[7] Obras de misericordia espirituales.

Jaime Noguera Tejedor (1962) , es director comercial de una multinacional española. Está casado  y es padres de tres hijas. Vecino de Majadahonda, colabora con las parroquias de Santa Genoveva (Majadahonda) y El Buen Suceso. Escribe asiduamente en el semanario Alfa y Omega  (alfajaime)

 

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Publicado el 16 octubre, 2016 en Formación diaconal. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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