Diácono Adolfo López: “Yo soy un mensajero no más”

Premio San Esteban de la Noche de Gala 2015 Diácono Adolfo López: “Yo soy un mensajero no más”

Conversar con el diácono Adolfo López implica olvidarse del tiempo y dejarse llevar por las historias que vienen a su memoria.

Don Adolfo es un caso peculiar, pues trabajó para la Policía de Chicago por 28 años. Retirado, ahora trabaja como guardia nocturno en un edificio del Centro de la ciudad. Al mismo tiempo, estuvo involucrado en ministerios que llevaban el Evangelio a los prisioneros.

Desde que se ordenó como diácono en 1989, Adolfo López ha permanecido en su parroquia de St. Alloysious, a la que asiste desde hace alrededor de cuarenta años. Nacido en Mayagüez, Puerto Rico, es el octavo hijo de una familia de once. Tendría siete u ocho años cuando su familia se mudó a Chicago.

Fue en St. Alloysious, hmorales (1)ace décadas, donde un grupo de jóvenes lo invitó a sus actividades. Los muchachos iban a la cárcel del condado de Cook, en las calles 26 y California, al sur de Chicago, donde hacían retiros espirituales para ayudar a los prisioneros. Aún no era diácono entonces, pero ya trabajaba como policía. El diácono dice en tono de broma que tenía miedo de encontrar en la prisión a gente que él hubiera encarcelado.

Acompañar a los presos

Poco a poco se fue involucrando con el ministerio de Kolbe House que acompaña y sirve a prisioneros. Después de ordenarse como diácono siguió yendo a la cárcel, donde empezó a dar charlas y a impartir la comunión a los presidiarios. Estuvo yendo por 18 años. El grupo de hombres en prisión fue creciendo y llegó a tener cincuenta personas que iban cada semana a escuchar su mensaje. El diácono les llevaba el Evangelio y ellos se sentían escuchados.

“Muchas veces algunos me reconocían” recuerda, “me decían ‘usted se parece a un policía que yo he visto en Humboldt Park’ y yo les decía ‘hermano, no estoy aquí como policía, vine aquí para traerle la palabra de Señor’. Entonces me aceptaban. Iba todos los miércoles. Y me esperaban. Si fallaba me decían ‘¿qué pasó, que no vino?’. Aprendí que los muchachos tenían hambre por el Señor”.

El diácono dice que muchas veces se encontraba en la calle con ex prisioneros. “Me saludaban” dice. “A veces pitaban la bocina y yo me paraba a ver quién me estaba llamando y me decían ‘vengo a darle los gracias, porque los mensajes que usted trajo me ayudaron mucho, me salí de las pandillas,’. Yo les decía, usted fue el que escuchó la palabra, yo era un mensajero nomás.”

El diácono fue el primer capellán hispano en Chicago de la policía, cargo que aún mantiene. Cuando se retiró de la policía se quedó como capellán. “Algunas veces visito los hospitales” dice. “Otras veces me llaman para que les bendiga sus casas o les bautice a sus hijos. He hecho algunas bodas de policías.”

El apoyo de su esposa

El diácono debe el empuje de su vocación a su esposa Gladys, quien lo apoya y con quien trajo al mundo a su hija Sandra, quien les ha dado dos nietos. Adolfo y Gladys López cumplen ya cincuenta años de casados, lo cual celebraron con cientos de parejas en la Misa de Bodas de Oro en la Catedral del Santo Nombre el domingo 30 de agosto.

“Yo fui a las clases con él” dice la señora Gladys, “lo apoyé en todo, lo he ayudado en cosas de papelería, cuando está muy ocupado, no tiene tiempo, lo ayudo para que él no lo tenga que hacer, le saco la ropa y todo lo que se va a poner el día de la misa, lo hago la noche antes. Cositas así, papeleo en la computadora.”

La señora López recuerda que su esposo era policía cuando tuvieron a su hija Sandra. “Nos casamos en el ‘65 y en el ‘66 ya teníamos la bebé. En los turnos nocturnos de él fue duro, pues cuando uno está con un bebé no es tan fácil, uno quisiera que también el padre estuviera allí, pero bueno, son cosas que ya las pasé y la niña tiene 49 años y nos dio dos nietos que ahora tienen 19 y 16.”

El diácono Adolfo López sigue hoy tan activo como siempre. Cuando le preguntamos qué significa para él recibir el reconocimiento de la Noche de Gala responde: “Yo pienso que estoy haciendo lo mismo que otros diáconos hacen, haciendo el trabajo del señor. Para mí es un orgullo. No pensaba que me darían ese premio, porque todos hacemos el trabajo del señor. Mi esposa dice que estoy demasiado involucrado (se miran y se ríen). Pero yo doy gracias al Señor que ella me deja hacer ese trabajo. Cuando tengo que salir y correr ella lo acepta. Es muy importante que la esposa apoye al esposo como diácono.”

Texto: Redacción Chicago Católico

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Publicado el 1 abril, 2017 en Noticias diaconado Iglesia Universal, Testimonios y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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