Las palabras que dice en secreto el diácono al leer el Evangelio

¡Qué preciosidad de detalles encierra la Sagrada Liturgia! ¡Y qué importante es la fidelidad a cada uno de ellos! En la celebración de la Santa Misa, dentro de la liturgia de la Palabra, entre ese cúmulo de lecturas y oraciones existe una frase que al acabar de proclamar el Evangelio, el diácono (o si no hubiese, el presbítero u obispo) recita en secreto:

Per evangelica dicta, deleantur nostra delicta” , “Las Palabras del Evangelio borren nuestros pecados”

Y aquí es donde habría que reflexionar sobre el significado de esta oración. ¿En qué sentido nos liberan del maligno esas Palabras Sagradas?18199538_1665907680090590_5283674537496542201_n

Acudimos a la certera explicación sobre estas palabras que nos da el Beato Santiago Alberione

 

“Jamás me olvidaré de tus preceptos, pues con ellos me has vuelto a dar la vida” (Sal 118/119,93)

La sagrada Escritura es fuente de vida para nuestra alma, es decir, de qué modo su lectura libra al alma del pecado y la protege de las tentaciones, y también que nos ahorra el purgatorio, que aumenta el amor de Dios y sirve para todas las prácticas de piedad: meditación, visita al santísimo Sacramento, examen de conciencia, etc.

La lectura de la Biblia purifica al alma del pecado y cómo, alejándola del pecado, la eleva hasta el cielo. El sacerdote dice durante la Misa una oración brevísima, pero cargada de sentido y de admirables efectos: «Per evangelica dicta, deleantur nostra delicta» ( A través de las Palabras del Evangelio, nuestros pecados serán borrados/ Perdonados.

Las palabras del Evangelio borran de tres maneras nuestros pecados.

a) La lectura de la Biblia es un sacramental.
Sabemos que quien recibe un sacramental, por ejemplo cuando hace la señal de la cruz o toma agua bendita, obtiene el perdón de los pecados veniales; también la lectura de la sagrada Escritura obtiene el perdón de los pecados veniales. Una página de Evangelio leída con recta intención y con dolor de los pecados es suficiente para liberar y purificar al alma de muchas imperfecciones.

b) Porque excita en nosotros el amor de Dios.
El alma de quien lee la Biblia acepta complacida la palabra de Dios, la agradece y considera que la recibe de las manos mismas del Padre celestial, que se dignó tomar la pluma setenta y dos veces y escribirnos. Y lee esos libros sagrados como un hijo afectuoso leería la carta que le enviara un padre lejano, se arroja a los pies de Dios y con humildad y confianza repite, al igual que el joven Samuel: «Loquere, Domine, quia servus tuus audit te”. (Habla, Señor, que tu siervo escucha”

Es un acto de amor, y de ahí que la Iglesia prescriba a todos los sacerdotes que, después de leer durante la Misa el sagrado texto del Evangelio, lo besen. El beato Cottolengo lo hacía con tanto afecto y amor que los presentes lo advertían y después de la Misa comentaban que se sentían edificados con aquel gesto.
El santo sacerdote se sentía tan encendido de amor después de la lectura del texto evangélico que su rostro adquiría el color de las brasas. Cuando besaba el misal parecía absorber las verdades sublimes en él contenidas.

Quien ama de veras las palabras de Dios puede compararse con la gente que, atraída por la doctrina de Jesús y sedienta de ella, se agolpaba a su alrededor para oír sus palabras: «turbæ irruerunt in eum ut audirent verbum Dei». Tenemos también el ejemplo admirable de la santísima Virgen, que sabía guardar, recogida y en dulce silencio, todas las palabras que salían de los labios de su hijo Jesús y celosamente las meditaba en su corazón: «Maria autem conservabat omnia verba hæc, conferens in corde suo».

A quien ama mucho la sagrada Escritura le serán perdonados muchos pecados, como aconteció con María Magdalena, a
quien se le perdonó mucho porque amó mucho: «Remittuntur ei peccata multa, quoniam dilexit multum».

Nadie ama más al Señor que quien solamente quiere lo que Él quiere. Y quien habitualmente lee la sagrada Escritura, poco a poco irá divinizando sus deseos hasta desear únicamente lo que desea el Señor y amar lo que a Él le agrada.

c) la sagrada Escritura dispone el alma al perdón.
Quien lee la Biblia, si todavía se encuentra en pecado, pronto o tarde cambiará. Porque la lectura de la Biblia es una oración muy eficaz, y sabemos que quien ora obtiene todas las gracias, la primera de las cuales es justamente liberar al alma del pecado.
Como prueba de esto se podrían aducir muchos hechos de pecadores convertidos por la lectura de la sagrada Escritura. Recordemos solamente a san Hilario, que se convirtió a la fe de Cristo leyendo el primer capítulo del Evangelio de san Juan; al filósofo san Justino, que se convirtió con la lectura de los Salmos; a san Teófilo de Antioquía y a Atenágoras, que lo hicieron leyendo los Evangelios; al ministro anglicano Federico Guillermo Faber, que encontró la luz de la fe cristiana después de oír el canto del salmo «Laudate pueri Dominum», y muchísimos otros.18056216_1822646884652520_7316518508054221457_o

La lectura del Evangelio, además de borrar el pecado del alma, la transforma y le comunica una fuerza capaz de hacerle conseguir, con la ayuda de la divina gracia, las mayores alturas de la santidad.

Recordemos el caso de Ignacio de Loyola, quien, convaleciente de las heridas en una de sus rodillas, pedía libros que relataran las gestas de ardorosos caballeros. La Providencia dispuso que llegaran a sus manos libros de santos y el Evangelio. Estas lecturas fueron para él una revelación y la llegada de la gracia. Cuando abandonó el hospital, ya no era el caballero de Loyola, sino el caballero heroico de Cristo.

El demonio sabe que los libros sagrados comunican al alma un deseo de virtud, por lo que trata a toda costa de alejarlos de las manos de sus lectores. Por eso debemos llevarlos nosotros siempre en nuestra compañía y leer al menos una página, como hacían los primeros cristianos, porque esto nos tendrá debidamente armados contra las tentaciones diabólicas.

EJEMPLO. Silvio Pellico. Este joven, encarcelado por intrigas políticas en los calabozos de Venecia, recuperó en la soledad y el rigor de la cárcel la salud del alma. Pellico podía leer allí libros, pero prefería la Biblia a todos los demás. Durante algunos días agitados, es verdad, la había abandonado permitiendo que una capa de polvo la cubriera. Pero en una ocasión la defendió valientemente ante el descaro ignorante del hijo de un funcionario, y desde entonces la preció cada vez más. «Un día –cuenta él mismo– se me acercó uno de los chicos del funcionario y, acariciándome, dijo: Desde que usted no lee ese librote, parece estar menos melancólico.diacono predica

– ¿Eso te parece? –le respondí.
Y tomando la Biblia, limpié con el pañuelo el polvo que la cubría y, tras abrirla al acaso, mis ojos se encontraron ante estas palabras: Et ait ad discipulos suos: Impossibile est ut non veniant scandala: væ autem illi per quem veniunt! Utilius est illi si lapis molaris imponatur circa collum eius et proiciatur in mare, quam ut scandalizet unum de pusillis istis.

La lectura de estas palabras me sorprendió y me sentí avergonzado de que aquel joven hubiera pensado, viendo el polvo sobre mi Biblia, que ésta no me interesaba y que me considerara más amable por haberme olvidado de Dios.
– ¡Insensato! – le dije con reproche afable y lamentando haberle escandalizado –. Éste no es un librote, y me siento mal por no haberlo leído desde hace unos días…descarga

Cuando el joven se fue, sentí un gozo íntimo por haber vuelto a tomar la Biblia en mis manos y haberle dicho que sin ella me sentía mal. Me parecía haber dado satisfacción a un amigo generoso, injustamente ofendido, y haberme reconciliado con él…

Dejé la Biblia en una silla, me arrodillé en el suelo, leí y de los ojos de alguien como yo, tan poco proclive / propenso al llanto, brotaron algunas lágrimas…».

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Publicado el 23 julio, 2017 en Formación diaconal. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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