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El Rito de Admisión a Órdenes, por el diácono Dance

¿O es el rito de la Confusión?

El principal problema que tuvimos no fue el mismo rito, que es bastante sencillo. La consagración de la candidatura es simplemente llamar a la Iglesia hacia adelante como candidato a las sagradas órdenes. Parecería ser tan simple, ¿verdad?

¡Ay, no! El problema no es lo que el rito es, pero cuando se realice! A través de diferentes diócesis del mundo llevará a cabo este rito en diferentes momentos. Aquí está el resumen de cómo y por qué, saltar un par de párrafos si las reglas de la Iglesia se aburren!

Cuando es ordenado sacerdote, es proceso que implica muchos pasos, uno de ellos siendo ordenado diácono. Así que para los obispos y sacerdotes, que tiene sentido querer seguir el mismo orden a través de la cual fueron ordenados. Es decir, un diácono es un diácono, sea permanente o transitorio, ¿verdad? Por lo que acaba de hacer sentido que usted siga el mismo orden, el mismo camino para llegar allí. Esta orden es: Aspirante -> Lector -> Acólito -> Candidato -> Deacon -> Sacerdote.candidacydanceandcraig-672x372

 

Aquí las cosas se ponen un poco confuso, aunque, como las Normas básicas de la formación de los diáconos permanentes de la Congregación para el Clero implica que la candidatura esté antes del período propedéutico, también conocido como el aspirantado. Esto es antes de que comiencen las clases, alterando el orden definido en la formación sacerdotal. El nuevo orden que se describe es Aspirante -> Candidato -> Lector -> Acólito -> Deacon.

En nuestra diócesis, nuestro obispo decidió el orden sacerdotal era más acorde con el espíritu del Rito como él lo veía, y como tal, este fue el último rito antes de la ordenación. Para nosotros, esto era muy diferente a nuestros ritos anteriores, ya que era un muy pequeño y privado romance entre nuestros candidatos hermano, nuestras mujeres, nuestro equipo de formación y, por supuesto, nuestro obispo. Él fue tan amable de pasar el día con nosotros en retirada de preparar.

Creo que si pudiera describir mejor este rito como “cómoda”. Si tuviera que ser honesto, esta fue la primera vez que me sentí a gusto durante todo el proceso. Dejame explicar.

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Durante todo el tiempo, todos estos años, me sentí como si estuviera en el tajo. Estaba desesperado por no cometer errores grandes, o para hacer un ruido muy fuerte, como todo lo que tomaría era una palabra para que me eliminado del programa. Me había sentido como si tuviera que mantener la cabeza hacia abajo y no hacer olas, para no hablar demasiado alto cuando me sentí clases pueden estar recibiendo de su curso o se inclinan en una dirección que me sentí no estaba en consonancia con el espíritu de la la fe de la Iglesia. Francamente, yo no quiero molestar a nadie fuera, para que no me convierto en el tipo de confrontación. Por ejemplo, me dijeron que dejara de escribir este blog, y yo obedecí. Se siente como si estuviera caminando el filo de un cuchillo, y con los años, esto se convierte en una sensación de desgaste. La ordenación no está garantizada, y el temor de que se le retiran siempre estaba presente.

Este rito era agradable, y lleno del simbolismo de la Iglesia nos elegir para este Sacramento, que era preciosa, pero el miedo aún persistía. Así que compartí un poco de mi miedo con mi obispo. Nunca olvidaré lo que dijo, y fue como una ola de paz que fluye sobre mí. Me sentí liberado de repente y por completo, y que me permitió finalmente dejar ir y comenzar a preparar espiritualmente para lo que estaba por venir.

El dijo: “La única cosa que puede parar ahora es usted, yo, y Dios. No se preocupe por cualquier otra persona “.

Libertad.

Todo lo que quedaba era una tranquila seis meses de clases, un refugio, y mis propios preparativos de oración. No puedo describir la sensación de que el peso levantado. Alabado sea Dios.

Nuevo Misal: cambio en las palabras que se dicen en secreto

La única novedad en el nuevo Misal (para España estrenado el primer domingo de cuaresma 2017)  en las palabras que pronuncian los diáconos son en las pronunciadas en secreto al echar durante el ofertorio el vino y el agua en el cáliz.

Hasta ahora era muy parecido:
” El agua unida al vino sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana”

Las nuevas son:

24. El diácono, o el sacerdote, echa vino y un poco de agua en el cáliz, diciendo en secreto:

“Por el misterio de esta agua y este vino, haz que compartamos la divinidad de quien se ha dignado participar de nuestra humanidad”.

El diacono permanente: identidad, función y prospectivas

Salutación: Pax et bonum.
Hermanos en el diaconado, amémonos los unos a los otros para profesar unánimes nuestra fe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo: la Trinidad consubstancial e indivisible (Saludo de la Paz, Liturgia Bizantina).
La paz esté con ustedes.
“¡Que alegría cuando me dijeron, vamos a la casa del Señor! Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén” (Sal. 122 [121], 1).
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Hemos venido en peregrinación a celebrar el Gran Jubileo del Año 2000. Se han completado 2000 años de la encarnación del Hijo de Dios. Él es la puerta que se abre hacia el tercer milenio. La puerta por donde pasa la Iglesia hacia el Reino futuro: Hoy es el día de salvación. “Este es el día que hizo el Señor; alegrémonos y regocijémonos en él” (Sal. 118 [117], 24).
El Jubileo es el “Año de Gracia” en que se purifica y se renueva nuestro corazón. ¡Acerquémonos, diáconos todos! Vamos a purificarnos en las aguas abundantes que manan del templo. Dejemos que el Señor ilumine nuestros rostros para proclamar con júbilo que Jesús es el Cristo, el Señor. Pidámosle que infunda en nosotros el Espíritu Santo para salir de este lugar sagrado anunciando el Evangelio. ¡Cristo ayer! ¡Cristo hoy! ¡Cristo siempre! ¡Es eterno su amor! ¡Viva Cristo!
Él, que nos llamó personalmente al ministerio del diaconado, hoy nos llama a participar de la renovación del tiempo y de la historia: es este el tiempo de reconciliación. Es esta la historia de salvación. El amor que todo lo sana tiene que prevalecer entre nosotros. Animados con ese espíritu, entremos en materia.Por lo tanto, nos preguntamos: ¿De dónde venimos? ¿Qué somos? ¿A dónde vamos?
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De dónde venimos? Me parece que para comprender mejor la particularidad del ministerio del diácono en la Iglesia, conviene repasar primero algunos puntos sobre el misterio de la sacramentalidad del ministerio apostólico, ya que es dentro de este ministerio que encontramos el diaconado. Es decir, mis observaciones acerca de El Diácono Permanente: su identidad, funciones y prospectivas se fundamentan en la naturaleza apostólica del diaconado. El ministerio del diácono, aunque diferente esencialmente del ministerio sacerdotal y episcopal, es junto a estos, una expresión de la apostolicidad de la Iglesia
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El Laicado y el Diaconado
¿Qué somos? La constitución Lumen gentium del Concilio Vaticano II, en su número 33 dice: “Los laicos reunidos en pueblo de Dios y formando el único Cuerpo de Cristo bajo la única cabeza, están llamados todos, como miembros vivos, a contribuir al crecimiento y santificación incesante de la Iglesia con todas sus fuerzas, recibidas por favor del creador y la gracia del Redentor” (Lumen gentium 33).
En las últimas décadas el laicado ha tomado gran ascendencia en la Iglesia. Después de las definiciones del Concilio Vaticano I sobre el Papado y sobre el Episcopado en el Concilio Vaticano II, ha surgido un llamado del mismo Vaticano II al laicado, no sólo como objeto de especulación teológica y como partícipe en el apostolado jerárquico de la Iglesia (SS Pío XI) sino como miembro de la Iglesia con una misión evangelizadora en el mundo. A fines del primer milenio ya había decaído el diaconado de occidente y en muchos lugares existía solamente como un paso al presbiterado. Vemos que el Concilio Vaticano II exhorta a todos los fieles a contribuir al crecimiento de la Iglesia.
Hoy por hoy, esparcidos por el mundo, seglares de ambos sexos, como ministros extraordinarios, administran la comunión dentro y fuera del templo; leen desde el ambón, cantan y dirigen la música, anuncian las peticiones de la Oración Universal y hacen todo tipo de moniciones durante la liturgia. Hay laicos y personas de vida consagrada que son cancilleres diocesanos, que administran parroquias, y que están a cargo de las caridades diocesanas. En algunos lugares de misión hay religiosas que bautizan solemnemente y otros religiosos y laicos son testigos oficiales del sacramento del matrimonio. En una palabra, esto y mucho más indica que ha llegado la hora en que los laicos participen más plenamente en la Nueva Evangelización.
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Las necesidades pastorales de la Iglesia han movido al Papa y a los Obispos a contar más y más con los laicos y personas de vida consagrada para ser auxiliares extraordinarios en su función de enseñar y de santificar. Pero he aquí que en tan interesante momento y sin quitarle el gran mérito a estos ministros laicales, el Concilio Vaticano II restaura el diaconado como ministerio ejercido en forma permanente en la Iglesia. Y surge la pregunta: ¿Por qué se quiere resucitar el diaconado cuando todo lo que hace un diácono lo hace igualmente un laico? El franciscano inglés del siglo XIV William of Ockham enunció la famosa y conocida “navaja de Ockham” (Quodlibeta n. 5. 9.1, art. 2, ca. 1324)) que llama a la cordura y desecha la extravagancia y dice así en latín: “entia non sunt multiplicanda sine necessítate”; en otras palabras: ¿Para qué complicar lo que es simple? Bajo esa óptica, la restauración del diaconado en la Iglesia latina parece una verdadera duplicación de ministerios que ya están en función y que dan buen resultado.
Los escolásticos nos dicen que “el ser precede al hacer”. Nadie hace lo que no puede y ni dá lo que no tiene. Tal parece que el “ser” laico contiene la potencialidad como laico de hacer todo lo ya mencionado (y más). Por tanto, nos preguntamos: ¿Qué añade la ordenación diaconal al laico? ¿Por qué dar la ordenación que imprime carácter sacramental para un oficio que aparentemente no necesita de la ordenación ni del carácter? Estos argumentos siguen la lógica del mundo de los negocios que es el pragmatismo.
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El Señor dice que “los hijos de este mundo son más astutos que los hijos de la luz” (Lc. 16, 18). Él alaba la previsión de los negociantes, no sus métodos. Pero aquí se trata de un misterio y no de un negocio. Se trata de un misterio, de un sacramento. Por lo tanto, parece que, lo que hace el diacono no es idéntico a lo que hace el laico, ciertamente no, en el orden de la gracia.
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Hoy llega el diaconado, no como sustituto del presbiterado, no como amenaza al laicado, sino como heraldo: ¡ángel del Ευαγγελίσμος, es decir de la anunciación. Otro Gabriel que anuncie la Buena Nueva de Salvación! “El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc. 1, 35). La imposición de manos crea al diácono como ministro ordenado, que, sin ser sacerdote, no es laico, sino clérigo; y que, sin ser laico no es sacerdote, pero sí está ordenado y no es Obispo. El diácono participa en el ministerio apostólico de la Iglesia que es el encuentro con el Señor. Por la ordenación diaconal s entra al estado clerical (Canon 266).
Cuando Gabriel anunció a María, la Madre de Dios dijo: “¿Cómo puede ser?” Lo dijo no por que no lo creyera, sino por que no entendía. Cuando el ángel le replicó, no le dio largas explicaciones, no pronunció una conferencia. Ella reaccionó sin otra conferencia. Solamente dijo: Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí, lo que has dicho”(Lc. 1, 35). Cuando los padres conciliares restauraron el diaconado en la Iglesia de Occidente, fue animados con la fe de que la Iglesia necesita ese ministerio apostólico enmarcado como ya lo hemos visto, entre el laicado y el presbiterado, como un brazo que le faltaba al obispo. El diaconado no viene como prótesis, no como miembro artificial, sino como brazo apostólico vivo por cuyas venas corre la sangre de Cristo-Siervo, el Hijo de la sierva del Señor.
Al decreto conciliar responde el diácono.!Aquí estoy: envíame! (IS 6,8) Responde porque cree que se cumplirá lo que el Concilio ha establecido. Pues, si falta una teología definitiva del diaconado, no falta la fe en su realidad revelada. El diaconado continúa la misión con Cristo por medio del maravilloso encuentro entre Dios y el ser humano en el sacramento.
Como hemos visto, la institución del diaconado se remonta al Nuevo Testamento. Todos conocemos al Protomártir, al Protodiácono San Esteban. San Lucas nos dice en los Hechos de los Apóstoles que éstos impusieron las manos sobre “siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría” para que atendieran las necesidades de las viudas de habla griega. Ellos eran de habla griega también y libraron a los apóstoles de las preocupaciones temporales para que se dedicaran mejor a la oración y a la predicación (Hc. 6, 3).
La palabra diácono viene del griego δіακονία (diakonνa) que en dos de sus formas, se emplea unas cien veces en el Nuevo Testamento queriendo significar ministerio/ ministro unas veces y servicio/siervo en otras (John N. Collins, Diakonia, Oxford University Press, 1990, pag. 3).
En los primeros años de la Iglesia vemos como el diaconado fue emergiendo. San Pablo en su carta a los Filipenses, escrita alrededor del año 57, hace referencia a los diáconos como orden en la Iglesia (Fil. 1, 11). También él habló con detalle sobre los diáconos en su primera carta a Timoteo (1Tim. 3, 8-10, 12-13).
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Como San Esteban, el protomártir que predicó ante el sanedrín, y San Felipe, que catequizó al eunuco etíope, los diáconos desde el inicio no se dedicaron únicamente al servicio de la mesa. El Orden Sagrado consagra al diácono al ministerio del encuentro con Cristo Siervo dentro de ciertos marcos. “El diácono recibe el sacramento del orden para servir en calidad de ministro a la santificación de la comunidad cristiana en comunión jerárquica con el obispo y con los presbíteros. Al ministerio del Obispo y subordinadamente al de los presbíteros, el diácono presta una ayuda sacramental, por lo tanto intrínseca, orgánica e inconfundible. Resulta claro que su diaconía ante el altar, por tener su origen en el sacramento del orden, se diferencia esencialmente de cualquier ministerio litúrgico que los pastores puedan encargar a los fieles no ordenados. El ministerio litúrgico del diácono, también se diferencia del mismo ministerio ordenado sacerdotal” (Directorium, N.28; Lumen Gentium, 29). El diácono no es sacerdote, su oficio es el de servir.
San Ignacio de Antioquia escribe (ca. A.D. 105) “Diáconos de los misterios de Jesucristo… no son (ustedes) ministros de comidas y bebidas, sino servidores de la Iglesia de Dios” ( Ad Trall. III.1).
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El ministerio diaconal es triple. El diácono se ordena al ministerio de la palabra, la liturgia y la caridad. Ministerio triple porque en el hacer del diácono, como persona que es, esos tres oficios son concéntricos. Quiero decir, que giran en torno a Cristo Siervo como a su centro en la persona del diácono. No se traza una circunferencia sin designar su centro primero para allí apoyar el compás. El centro define la circunferencia, como Cristo Siervo define el triple ministerio diaconal.
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El Concilio Vaticano II, al tratar del episcopado como cumbre del orden sagrado (y no sólo como su plenitud), lo coloca como centro de la vida de la Iglesia local. Los presbíteros y los diáconos son sus dos brazos con distintas funciones.
Durante la Oración Consecratoria de la Ordenación Episcopal, dos diáconos sostienen a los Santos Evangelios abiertos sobre la cabeza del ordenando. Terminada ésta y luego de haber ungido con el Santo Crisma la cabeza del nuevo Obispo, el consagrante principal toma el Evangelio, lo entrega al nuevo Obispo con estas palabras: ” Recibe el Evangelio, y anuncia la palabra de Dios con deseo de enseñar y con toda paciencia” (Oración Consecratoria, Ordenación de Obispos, España).
El Espíritu Santo del cual el crisma es signo, es la fuerza vital que dinamiza la palabra del Evangelio que el nuevo Obispo va a predicar, porque, así como el Padre se manifiesta en este mundo por el Hijo, lo hace el poder de la vida divina, que es el Espíritu Santo. El nuevo Obispo, a quien Cristo ha llamado por su nombre, lleno del Espíritu Santo como los santos apóstoles en el día de Pentecostés, sigue sus huellas y sale a anunciar la Buena Nueva a un mundo moribundo que espera la palabra vivificadora.
Según el rito de la ordenación al diaconado, el primer aspecto del ministerio diaconal, es el ministerio de la palabra. Después de haber invocado sobre los ordenandos ” el Espíritu Santo”, continua el Obispo orando, “para que fortalecidos con tu gracia de los siete dones desempeñen con fidelidad su ministerio” (Oración Consecratoria, Ordenación de Diáconos, España). Una vez revestidos de estola y dalmática, reciben de manos del Obispo uno a uno, los Santos Evangelios, con estas palabras: “Recibe el Evangelio de Cristo del cual has sido constituido mensajero; convierte en fe viva lo que lees, y lo que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado” (Ritual de Ordenes, España).
Es importante notar el paralelismo entre los dos ritos de ordenación, la episcopal y la diaconal, en lo que respecta a la entrega de los Evangelios. En ambas se confiere el Espíritu Santo para que inflame la predicación del Evangelio. No es esta una simple coincidencia. Aquí se muestra la unidad del sacramento apostólico. En las ordenaciones episcopales, presbiterales y diaconales de rito bizantino se utiliza el mismo (idéntico) texto consecratorio para las tres, haciendo las inserciones de las palabras “obispo”, “presbítero” o “diácono” según aplique. Ya nos habíamos referido al misterio de la sacramentalidad del ministerio apostólico, cuyo punto de partida es la continuación de la misión de Cristo. El Obispo, sucesor de los apóstoles, tiene el oficio de anunciar el Evangelio. Los presbíteros comparten ese oficio con el Obispo. Pero los diáconos, quienes no reciben la ordenación al sacerdocio, en la ordenación diaconal reciben también como ministros de Cristo Siervo, el oficio de predicar el Evangelio y de anunciarlo en al asamblea. Es más, el diácono ha de convertirlo en fe viva, enseñarlo y cumplirlo.
Así como el episcopado es la plenitud del sacerdocio, también es la plenitud del diaconado. En días señalados, en la Eucaristía, el Obispo lleva dalmática debajo de la casulla, y en la Misa de la Cena del Señor hace el lavatorio de los pies en dalmática, como Cristo diácono.

La Palabra de Dios en boca del diácono

El ser humano, en el orden del crecimiento, en la evolución sicobiológica, al nacer, primero tiene que respirar para seguir viviendo. Más tarde, ha de estar vivo cuando piensa. Pero, para comunicar el pensamiento, es menester hablar y, para hablar tenemos que estar vivos y respirando. Sin el aliento vemos que no sólo no hay vida, si no que sin el aliento no hay habla: no se puede retener la respiración y hablar a la vez. La palabra o se pronuncia en el aliento o simplemente no se dice.
En el orden sacramental, la palabra se hace hombre en el Espíritu Santo. La Madre de Dios decimos que concibió “por obra y gracia” del Espíritu Santo. Ella pronunció el Fiat , ¡hágase!, el Fiat que, lleno del Espíritu Santo, anuncia la nueva creación. Concibió María tanto en la mente y en el corazón, como en su seno materno, porque el Espíritu Santo es la vitalidad misma, el Santo Inmortal, el aliento divino sin el que ninguna criatura puede llegar a existir, mucho menos a concebir la palabra de Dios en su mente y llevarla a la boca para predicarla con efectividad. En las alas del Espíritu va la Palabra extendiendo el Reino de Dios hasta que haga nuevas todas las cosas (Apoc.. 21, 5).
Cuando el Obispo ordenante procede a la tradición de instrumentos de la ordenación diaconal, hemos visto que resuenan las palabras “has sido constituido mensajero” del Evangelio de Cristo. El texto latino dice, Accipe Evangelium Christi, cuius præco effectus es… La palabra que aquí llama la atención es la palabra præco. (Conocemos el oficio del pregonero; El diácono por virtud de la ordenación se convierte en præco, pregonero, del Evangelio. El texto castellano lo traduce como “mensajero”. El texto inglés lo traduce como “herald”. La traducción inglesa es más feliz porque implica un cargo oficial de anunciar. Los apóstoles fueron enviados por Cristo que es la persona que envía y está representada por el mensajero: Shalíah en el Nuevo Testamento que significa que el enviado “re”-presenta al que le envía. El diácono participa de ese oficio.
El diácono, desde el momento de su ordenación ya recibe del Obispo sucesor de los apóstoles el mandato de anunciar el Evangelio. Esto conlleva un cambio en lo más profundo de su ser. En la persona del diácono el soplo del Espíritu Santo se une ahora a su aliento físico para que lo que predique y enseñe no sea mera voz humana. Desde ahora la prédica y enseñanza del diácono ha de ser voz de Cristo, Dios y hombre verdadero.
El modo propio de la actividad diaconal, en virtud del sacramento del orden, ya no es el modo propio laical, tampoco es el sacerdotal. Pero no deja de ser sagrado. Es el diaconal: servidor en Cristo-Siervo. Las palabras de su boca proclaman el Evangelio imbuidas en la gracia del sacramento. El aliento ya no sólo es el físico, es también el espiritual, que está renovando la faz de la tierra de una manera distinta y especial a través del diácono. (Cf. Sal. 51[50], 12-14 y Sal 104 [103], 30).

Formación

Desde el punto de vista meramente humano, para que el diácono sea instrumento en que resuene la palabra de Dios es necesario que reciba formación tanto espiritual como teológica y técnica: las artes de hablar en público, de predicar y de enseñar. Como catequista también debe conocer la Biblia, tal vez no como un profesor, pero sí para poder vivirla y aplicarla a los hechos del diario vivir de los fieles. Ciertamente el ministerio de la palabra lleva la implícita obligación de conocer el Evangelio, de proclamarlo, predicarlo, vivirlo y difundirlo.
El Espíritu de los siete dones que se confiere por la ordenación es el de la sabiduría e inteligencia, el de consejo y fortaleza, el de ciencia, el de piedad y del santo temor de Dios (Is. 11, 2-4). El Espíritu obra sobre la naturaleza humana. Por eso la formación es importante para que los dones encuentren terreno fértil en el diácono.
Es de notar, que muchos diáconos trabajan en la catequesis bautismal y matrimonial. Ahí no se acaba la actividad diaconal. El diácono, ministro de la palabra, encarna esa palabra en sus ministerios de la liturgia y de la caridad.

El Ministerio de la liturgia

El diácono manifiesta por excelencia ante la Iglesia su diakonía cuando la recapitula sacramentalmente en la liturgia. Sus acciones y actuaciones en la liturgia son partes integrales a la misma y no meros adornos. En la liturgia cada cristiano tiene el derecho y el deber de prestar su participación de diferente manera…’Cada cual, ministro o simple fiel, al desempeñar su oficio, hará todo y solo aquello que le corresponde'” (SC n.28). Recordemos que la Iglesia y liturgia no son realidades separadas; la Iglesia, tanto en su aspecto local como en su aspecto universal, está presente en la liturgia, que es su sacramento. No hay liturgia sin Iglesia y no hay Iglesia sin liturgia. La Iglesia Universal subsiste y se participa en ella a través de la liturgia. Si somos católicos, miembros vivos de la Iglesia Universal, lo somos por cuanto celebramos y entramos en su realidad plena.
Es muy importante que el diácono conozca su oficio en la liturgia; que tenga inteligencia de las rúbricas y flexibilidad para saber adaptarse a distintas circunstancias, tales como las diferentes interpretaciones de éstas que muchas veces varían de parroquia en parroquia. El diácono es responsable ante la Iglesia, presente en la asamblea de culto, de servir bien, haciendo todo y solo aquello que le corresponde. Allí, en el altar ha de ser portavoz de las plegarias y necesidades de los fieles. Desde allí proclamará al pueblo el Evangelio y se dirigirá al mismo por las moniciones propias de su oficio.

Servir sin presidir: Imitadores de Jesús que “no vino a ser servido, sino a servir” (Mar. 10, 45)

Algunas personas tienen la tendencia de circunscribir la función litúrgica del diácono a los sacramentos del bautismo y del matrimonio y a otras cosas que el diácono “puede” hacer, olvidándose del oficio que define al diaconado, esto es, servir y servir sin presidir, facilitar, y no hacer sombra a los demás ministros. Sirva el diácono a la asamblea y al celebrante y a ministros estando al tanto de todo y de todos, sin que nadie tenga que advertírselo.
El diácono es un “facilitador” tanto dentro como fuera de la liturgia. En las ceremonias “asiste a los sacerdotes y está siempre a su lado; en el altar lo ayuda en lo referente al cáliz y al misal; si no hay algún otro ministro cumple los oficios de los demás, según sea necesario” (OGMR 127). Lo que se dice de la Misa, se dice de todos los ritos de la Iglesia.
Tenga, pues, en cuanta el diácono que, si ha de asistir al celebrante, debe saber bien el “cuándo” y “cómo” y el “por qué” de lo que el celebrante hace o dice en todo momento. Sea el diácono el “brazo derecho del celebrante” con dignidad, humildad y eficiencia. Si no actúa con inteligencia de su oficio se puede decir que estorba, que interrumpe la fluidez de las ceremonias.
Dice la introducción de la edición española de la Ordenación General del Misal Romano España (Andrés Pardo, OSB. Consorcio de Editores, 1978 )que “el verdadero maestro o director de la celebración debe ser un ministro que tenga una función dentro de ella, es decir, debe ser el diácono, quien no debe quedarse en figura decorativa y en mero acompañante del celebrante principal” (Parte Introductoria n.3, Orden General del Misal Romano España).

Percepción de un Obispo

Yo, como Obispo, les puedo decir con toda sinceridad que al Obispo le resulta muy práctico tener un ceremoniero que conozca exactamente el “cómo” y el “por qué” de lo que el Obispo requiere, tanto en las celebraciones de catedral, como cuando visita otras Iglesias, una persona así lo facilita todo e inspira confianza de que todo lo que se refiere a la persona y oficio del Obispo quedará bien. Yo creo, sin embargo, que no sólo un diácono ( como lo indica el número 36 del Ceremonial) puede hacer de ceremoniero, sino que el Obispo puede elegir un cierto número de diáconos para que sean sus “familiares” y que siempre desempeñen el oficio de los dos diáconos “asistentes” (antes llamados diáconos de honor) que atiendan al Obispo a su derecha e izquierda. Estos diáconos “asistentes” se ocupan de la persona del Obispo (n.26). Cuando el Obispo visita una iglesia, lleva a sus “asistentes” que saben bien como atenderle, por ejemplo, con la mitra, el báculo, el misal, el incienso, el hisopo, etc.; mientras aquellos diáconos (o diácono) que desempeñan el oficio de “ministrante” son los que tienen a cargo lo que se hace en todas las misas, como es la proclamación del Evangelio y la atención del altar con el cáliz y el misal. También son los “ministrantes” los que se dirigen al ambón para la Oración de los Fieles y las moniciones (números 25 y 26). Como dije anteriormente, hay distintos carismas entre los diáconos y algunos serían idóneos para servir de “asistentes” al Obispo, otros, los “ministrantes” pueden desempeñar las funciones que mejor conocen porque son las usuales.
Tenemos que rogar al Señor para que conceda una tregua, la proverbial paz de Dios, en que los maestros de ceremonias y los diáconos puedan estrecharse en un abrazo de paz, de concordia, amor y respeto mutuo.
Hay otras razones y circunstancias que contribuyen a que el diácono se vea disminuido en su oficio y quede reducido a un personaje pasivo en la liturgia. Se necesita que el pueblo y demás miembros del clero, esto incluyendo a algunos diáconos, sean catequizados en cuanto a la identidad y oficio del diácono. En la mente de muchas personas se pasa por salto del laicado al presbiterado. Se habla mucho de ministerios eclesiales laicales. ¿Dónde quedan los diáconos? Que se oiga más en las oraciones de los fieles “por las vocaciones al sacerdocio, al diaconado y a la vida religiosa”. Después de todo, el diácono es también “llamado” por Dios.

La Caridad, reduccionismo y realidad

Primero, ante todo, una aclaración necesaria: hay quienes caen un reduccionismo del diaconado al ministerio de caridad y este ministerio restringido a la acción social. Este es un peligro del que tenemos que estar conscientes para no caer en un concepto muy limitado del diaconado. Hay diáconos que poseen un carisma especial para el ministerio de la acción social dentro de la caridad, pero el diaconado no se puede reducir a la acción social solamente. Hay diáconos que han sido formados para la acción social y se les ha inculcado que todo lo demás es de segunda y terciaria importancia. Se llega a decir que el diácono no tiene por qué servir en el altar. El diaconado no se puede, no se debe reducir al servicio social.

La otra cara

 Cuando se menciona la caridad, enseguida nos viene a mente el amor. “Dios es amor” (1 Jn. 4, 16). Da satisfacción pensar que el diácono sea ministro del amor porque el amor está al centro de la vida cristiana: ubi caritas est vera, Deus ibi est, que significa “donde hay verdadera caridad, allí está Dios”. Además del ministerio de la palabra y el ministerio litúrgico, el diácono tiene como su responsabilidad el “ministerio de la caridad”. Es sobre todo a este ministerio que se refiere a la elección de los “primeros diáconos” por los apóstoles, entre los cuales se encontraban San Esteban. Desde la situación presentada en Hechos 6, se ve al diácono llamado a este ministerio: la administración de la caridad, la solicitud por los necesitados fue siempre el oficio de los diáconos mientras éstos existieron en occidente. San Lorenzo, archidiácono de Roma es el mártir de la caridad y patrón de los diáconos entregados de una manera particular a este oficio del amor hacia los pobres a quienes reconocía como el tesoro mayor de la Iglesia..

La Iglesia siempre tendrá un lugar preferencial en su corazón para los pobres y los necesitados. La diakonia de la caridad es, por cierto, la responsabilidad de toda la Iglesia. El hecho, sin embargo, de que en la persona del diácono este servicio esté sacramentalmente ligado a la proclamación de la palabra y la celebración de la liturgia, demuestra que la caridad a la cual estamos llamados los cristianos tiene su origen en Cristo, en el misterio de su encarnación, muerte y resurrección. Este oficio que el orden episcopal confía al diácono en forma especial, es derecho y deber del diácono (Cf. Decreto Apostolicam actuositatem, no. 8) Es este un tesoro del cual el diaconado no puede deshacerse, tesoro que es de institución apostólica. Aún si la sociedad moderna extirpara completamente la pobreza, siempre habrá lugar para la caridad y allí, el diaconado.
Se dice que la caridad comienza por la casa. Dé el diácono el ejemplo por medio de su casa y familia construya la Iglesia doméstica. Dé ejemplo a través de su vida cotidiana. También de su predicación del Evangelio que ha de ser de palabra y obra. Dé ejemplo a través de su oficio litúrgico tan rico en caridad y amor. Nútrase de la oración individual, íntima.
El encuentro con Dios, que es amor, lleva al encuentro amoroso con el prójimo. Por eso el diácono debe conocer las necesidades del pueblo fiel, para incluirlas en la Oración Universal en la liturgia tanto de la Misa como de las Horas y en su oración privada. Incluya allí también las necesidades de los hermanos diáconos y demás clero. Presente las necesidades del prójimo ante la jerarquía y esté consciente de que estas necesidades son materiales, espirituales, culturales, de piedad y tradiciones populares, en una palabra, son necesidades humanas.
Ejercite la caridad sobre todo con los presbíteros. Dé apoyo moral y espiritual, de igual manera al Obispo. Hágalo aún cuando no reciba de los demás clérigos el apoyo que él necesita. Recuerde que a él se aplican las palabras del Maestro: “El Hijo del Hombre no vino para que le sirvieran, sino para servir” (Mc 10, 45). La generosidad del diácono para con el Obispo y los presbíteros debe ser mutua e ilimitada como es la generosidad del diácono Jesucristo.
A mis hermanos en el episcopado pido que se mueva a facilitar a los diáconos la accesibilidad a instituciones que requiera su presencia amorosa. Pienso en los hospitales y sobre las cárceles donde muchos gobiernos hacen el acceso casi imposible.
Infórmese el diácono sobre agencias públicas y privadas, así como órdenes religiosas, que socorran diferentes necesidades humanas. De esa manera el diácono podrá referir casos a dichas agencias o inclusive cooperar con ellas.
Forme asociaciones o grupos laicales, especialmente de jóvenes, para que, inflamados por el amor de Cristo, visiten y ayuden a los necesitados y trabajen a favor de los pobres.
Por último el diácono es agente de la justicia y la paz, ya que en virtud de su oficio de caridad tiene la responsabilidad de promover y siempre buscar el Reino de Dios y su justicia. El diácono ha sido ordenado, consagrado de por vida a ser sacramento, signo vivo, eficaz, del ministerio o servicio de Cristo en su Iglesia. Recuerde siempre el diácono que él es signo visible de Cristo Siervo en este mundo.
Es de notar que dando una vista rápida a los libros de ceremonias anteriores a los actuales, se revela la omnipresencia de los maestros de ceremonias. Por lo general había dos y en algunos casos tres. Ellos facilitaban todas las ceremonias y por ello se entiende su supervivencia hasta hoy. Pero su actuación era tan obvia, que parece que reducía al celebrante y demás ministros a un alto grado de incapacidad. Hoy en día no se menciona a los ceremonieros en los ritos renovados porque se supone que cada ministro conozca su oficio, tan plenamente como para desempeñarlo sin que otra persona tenga que prácticamente llevarlo de la mano, como se hacía antes.

La opción preferencial por los pobres

Por medio de esta postura ante las necesidades de las víctimas de la injusticia, la Iglesia busca dar testimonio de la solidaridad que es el tener el fruto del encuentro con Jesús, insistiendo que esta solidaridad no es algo “añadido” a la vida de la fe sino la consecuencia en el terreno de la historia de la conversión y la comunión creadas por el encuentro. Es decir, la diaconía de la caridad es inseparable de la diaconía de la palabra y de la liturgia ya que tiene el mismo origen que ellas en el misterio pascual.
A mí me parece que el diácono, ministro del altar, es la privilegiada representación de esta relación entre la Eucaristía (conversión y comunión) y la lucha por la justicia social.
Durante cientos de años, los diáconos fueron administradores de los bienes temporales de las comunidades cristianas y se ocuparon de las obras de caridad. El patrono de los diáconos, San Esteban, es ejemplo de esto. Ahora, quiero recordarles que aún cuando San Esteban es un ejemplo sublime de la diakonía; el encargado de la administración del dinero y de la caridad entre los Apóstoles del Señor fue Judas Iscariote… Por eso, el modelo supremo del diácono debe ser Cristo y sólo Cristo: Cristo Siervo del Padre, Redentor de la humanidad. En su “administración” el diácono debe, pues, de estar muy consciente de quién es su modelo y de quiénes son aquellos a quien sirven: Cristo, la Cabeza y la Iglesia en su cuerpo. Que no sea ya él, sino Cristo quien viva y actúe en el diácono porque “ahora quedan tres cosas: la fe, la esperanza y el amor, pero la más grande de todas es el amor” (1Cor. 13, 13).

Ministerio triple: Conclusión

Habiendo terminado de ver por separado los tres oficios del ministerio triple del diaconado sólo queda aclarar y de nuevo recalcar que hay carismas especiales y que unos diáconos pueden disfrutar más de un carisma que del otro. Así es la naturaleza humana. Ahora bien, por esto no se ha de entender que la Iglesia debe ordenar diáconos predicadores a solas, o diáconos liturgistas a solas o diáconos elemosinarios a solas. Estos oficios no se excluyen mutuamente. Se trata de tres oficios concéntricos y el diácono debe procurar desempeñarlos, de acuerdo con su llamado, con cierto sentido de proporción y ante todo, en la persona de Cristo Siervo.

IV. Prospectivas: (de cara al futuro) UNIGENTUSA FILIUS, IPSET ENARRAVIT: El Hijo único lo ha revelado (Jn 1, 17).

Hasta ahora hemos tratado de estudiar lo que constituye la identidad del diaconado permanente.
También hemos enumerado algunas de las funciones asignadas a los diáconos. Estos oficios se han presentado desde la perspectiva de la palabra, la liturgia y la caridad y hemos desglosado las funciones en cada una de sus perspectivas.
Ahora, presentaremos algunas de las prospectivas que según mi entendimiento tiene nuestra Santa Madre Iglesia para el orden del diaconado. Es de esperar que tras casi un milenio de la ausencia del diaconado permanente en la Iglesia de occidente, su aparición luego del Concilio Vaticano II, no ha sido entendida por muchos, ni aceptada por todos.
Hemos venido aquí para dejar por detrás al “hombre viejo”. Junto a las tumbas sagradas de los apóstoles Pedro y Pablo venimos para entrar de nuevo en la fuente de nuestra identidad. Vamos a dejar el pasado para re-organizar nuestro ser. Vamos a renacer en nuestro ministerio, ya sea episcopal, presbiteral o del diaconado.
Aquí en el seno materno de nuestra Iglesia que da a luz al ministerio diaconal. El diaconado participa de la sacramentalidad del ministerio de los apóstoles. Por eso podemos hoy tratar de descubrir las posibilidades del diaconado hacia el futuro. Hemos visto las experiencias del pasado y los problemas del presente. ¿Cuáles son las oportunidades para el futuro? ¿Qué indica el encuentro personal con Cristo-siervo encarnado cuando nos encontramos hoy con él.
El encuentro nos revela que somos un ministerio tan antiguo como la Iglesia misma. También nos indica que estamos en proceso de resurrección después de mil años de letargo. ¿Sería indicado “reconquistar” o “capturar” lo que otros por siglos vienen haciendo en lugar nuestro? No, esa no es buena idea. Hoy otros hacen lo que los diáconos hacían en la antigüedad porque el ministerio apostólico se encargó de llenar sus lugares. Pero no se trata tampoco de inventar o diseñar nuevas áreas para el “nuevo” ministerio diaconal. Se trata de una conversión general: de reconciliarnos para unir esfuerzos. El trabajo sobra. Hay trabajo para repartir entre todos los llamados: unos llegaron a primera hora, otros a última hora (cf. Mt. 20, 1). Entendemos todos que los pensamientos de Dios, no son como los nuestros. Ahora él llama, a esta hora de gracia nos llama, temprano o tarde, sea la hora que sea. De él viene todo; de nosotros nada. La hora de convertirnos ha llegado, no de imponernos.
Nuestro triple ministerio es el mismo: se trata de desarrollarlo y no de buscar otro nuevo o distinto. Por lo tanto:
Sea le diácono ministro de la palabra tanto en la liturgia como en los medios de comunicación masiva. Sea catequistas en las parroquias, cárceles, en la vida pública.
Sea el diácono ministro de la liturgia en toda su extensión. En lo que preside como en lo que no preside. Desarrolle el servicio sin presidencia, que es el que le es propio. Facilite la celebración de todos para extender la comunión con Cristo y su Iglesia. Que su ministerio litúrgico contribuya a la belleza y fluidez de las ceremonias, que es donde se optimiza el encuentro entre Dios y la humanidad y entre el ser humano. Que propicie ese encuentro en el esplendor litúrgico de la belleza, la santidad y la verdad.
Que su caridad sea sincera en el amor. Caridad que ejerce en el predicación del Evangelio y en el servicio litúrgico. Caridad que se desborda hacia los más necesitados y que ejerce hasta en lo más oculto, donde sólo dios se entera porque es en el pobrecito sin personalidad pública que Cristo personalmente sufre. En el silencio de nuestra nada salta la palabra: es Cristo quien nos llama a cada cual por su nombre y nos dice “sígueme”.
La Oración consecratoria del rito de ordenación al diaconado comienza así: “Escúchanos, Dios Todopoderoso, que distribuyes las responsabilidades, repartes los ministerios y señalas a cada uno su propio oficio; inmutable en ti mismo todo lo renuevas y lo ordenas, y con tu eterna providencia lo tienes todo previsto y concedes en cada momento lo que conviene, por Jesucristo, tu Hijo y señor nuestro, que es tu Palabra, Sabiduría y Fortaleza”. Ahora yo les digo que es aquí, en este momento jubilar e histórico que Dios nuestro Padre y creador y sabio en sus acciones les ha llamado al diaconado para que sean los pioneros, los portaestandartes de este estado clerical al final y al inicio de dos milenios. Los ojos de la Iglesia están en ustedes, si la providencia los favorece en su ministerio, el oficio del diaconado permanente atraerá muchas bendiciones a la Iglesia. Hoy día, a ustedes les ha sido encomendado ejercer el diaconado en la Iglesia que se apresta a revelar a Dios en la Nueva Evangelización. Por lo tanto, en sus manos está parte del plan de salvación de Dios. Ustedes son diáconos del nuevo milenio, diáconos de la Nueva Evangelización.
Debido a su cercanía a los fieles laicos, tomando en cuenta que un gran número de ustedes trabajan en compañías, empresas, industrias, agencias gubernamentales, algunos son líderes obreros, ejercen en el magisterio católico o secular, dirigen un negocio propio o familiar, esto les hace llegar a esos fieles de una manera particular. Es por esto que la Iglesia espera que ustedes cultiven aquellas virtudes que los apóstoles buscaron y encontraron en los primeros siete diáconos. Esperamos que ustedes sean hombres de buena fama, entregados al servicio de los más necesitados, que gobiernen bien a su familia para que así sean luz del mundo y sal de la tierra y que continúen con la misión de llevar a Cristo a todo el mundo.
Ustedes están llamados a conocer, proteger y a valorar a su identidad diaconal. La Iglesia les urge que se distingan por la integridad de su ministerio. Este ministerio debe caracterizarse por un equilibrio saludable entre los oficios de la palabra, la liturgia y la caridad.
En estos tiempos donde debido al consumismo desmedido, la materialización de la sociedad, la pérdida de valores en muchos lugares ha ocasionado el crecimiento de la cultura de la muerte, su vocación al diaconado les constituye a ustedes en brazo invaluable del Obispo. Hoy día su oficio diaconal con el de los sacerdotes es muy necesario para el proceso de conversión que tanto necesitamos.
Debido a que muchos de ustedes han recibido el sacramento del matrimonio y a algunos también Dios les ha bendecido con el regalo de sus hijos y de sus hijas, su ministerio diaconal les exige brindar un testimonio viviente de lo que constituye una verdadera familia cristiana en medio nuestro. Ustedes con mayor empeño deberán por esforzarse en convertir a su familia en una iglesia doméstica y ser buenos esposos como lo es Cristo de la Iglesia. Es en su familia donde primero ustedes han de ejercer su oficio de la palabra, la liturgia y la caridad.
El documento del Concilio Vaticano II, Ad gentes divinitus, en su número 16, plantea la necesidad de que el diácono en nombre del párroco o del Obispo sea enviado a dirigir comunidades cristianas distantes. Esta necesidad plantea la posibilidad de que en algún lugar ya sea por ser distante o por haber escasez de sacerdotes, el Obispo le puede pedir que usted le asista en la administración de esta comunidad parroquial como ministro encargado, ejerciendo su oficio para promover la misión de Cristo.
“El que ha recibido el don de la palabra, que la enseñe como palabra de Dios. El que ejerce un ministerio, que lo haga como quien recibe de Dios ese poder, para que Dios sea glorificado en todas las cosas, por Jesucristo. ¡A él sea la gloria y el poder, por los siglos de los siglos!” Amén. (1Pedro 4-11).

CUATRO SITUACIONES

En primer lugar, la idea siempre viva

En primer lugar: aunque el diaconado ejercido en forma permanente cesó casi por completo en la Iglesia de occidente por, más o menos un milenio, la liturgia latina mantuvo vivo el oficio diaconal en todas las ceremonias de la Iglesia . El diaconado, ciertamente, no cesó de existir en la liturgia. Ahora bien, como en la mayoría de las veces, no había diáconos, el oficio diaconal fue desempeñado por presbíteros vestidos de diácono, esto es, en dalmática. Las reformas del Concilio Vaticano II prohibieron a los presbíteros la práctica de vestir los ornamentos propios del orden diaconal, pero mantuvieron que en ausencia del diácono, los presbíteros revestidos de ornamentos propios al presbiterado, puedan ejercer el oficio del diácono, especialmente cuando celebra el obispo.
“Los presbíteros que participen en las celebraciones episcopales, hagan sólo aquello que les corresponde como presbíteros; si no hay diáconos, suplan algunos de los ministerios de éste, pero nunca lleven vestiduras propias del diácono” (Ceremonial de los Obispos, Renovado según los decretos del Sacrosanto Concilio Vat. II y Promulgado por la Autoridad del Papa J. P. II Consejo Episcopal Latinoamericano, 1991. Números 21 y 22).
Pasaron unos diez años entre el cese de la antigua Misa Solemne, con diácono y subdiácono, y la restauración del orden del diaconado. Tal parece que ese hiato fue suficiente para que la comunidad eclesial olvidara la antigua “misa de tres padres” con el ministerio diaconal tan intensivo que conllevaba. De pronto aparecieron los diáconos, pero su función en la liturgia ya era desconocida por muchos o se veía grandemente disminuida o reducida por otros. Lo que no ocurrió en un milenio, ocurrió en diez años. Ciertamente, las rúbricas de los ritos renovados fueron muy parcas. Solamente con la promulgación del nuevo Ceremonial de Obispos de 1991, se han aclarado muchos puntos oscuros y hasta mal interpretados de la renovación de los ritos litúrgicos del rito romano. Por eso tenemos que consultar el Ceremonial.

En segundo lugar, un oficio canalizado por otras vías

En segundo lugar: con la reforma post conciliar se llegó a establecer formalmente la participación laical en muchas funciones litúrgicas (cf. Directorio n. 41), que ya venía desde los pontificados previos al de S.S. Juan XXIII en la llamada “misa dialogada” (en la cual el pueblo respondía en latín todo lo que usualmente correspondía al acólito y recitaba el ordinario en latín con el celebrante) y también en la “misa comunitaria” (donde el pueblo cantaba una paráfrasis vernácula del Ordinario de la Misa) que el movimiento litúrgico había impulsado. Así, por ejemplo, se formalizó la llamada Oración Universal o de los fieles. Al faltar el diácono y al no haber un presbítero en dalmática que tomara su oficio, las intenciones de esta Oración Universal pasaron a un laico. Esta práctica está muy generalizada hoy día aunque el ministro idóneo, sea, en primer lugar, el diácono, y así lo establecen las rúbricas (C.E. 25) y la tradición oriental como occidental.
Como sucede con la Oración Universal, también sucede con otras funciones que son propiamente diaconales. Por ejemplo, dirigir las moniciones al pueblo (Ceremonial del Obispos Número26), servir al celebrante en el altar tanto en lo referente al libro como al cáliz (Ceremonial de Obispos Número 25).

En tercer lugar, ¿De cuando acá un diacono?

En tercer lugar, como efecto de lo antes dicho, el diaconado se restaura en el mundo que ya no le conoce. Es más, cuando llega un diácono a una parroquia que nunca ha tenido ese ministerio, tal parece que el nuevo ministro, le “quita” o le “roba” actuaciones a muchas personas, por ejemplo, al celebrante, al monitor, al turiferario, a los acólitos, a los ministros extraordinarios de la comunión, y así a otros tantos para mencionar solamente la Misa. Entonces se oye algo así: “esto siempre lo ha hecho un lector ¿Por qué se le da ahora a un diácono?”.
Cabe mencionar, que en la Misa Solemne el celebrante llegó a recitar en voz baja el Introito, los Kyries, el Gloria, la Epístola, el Gradual y el Aleluya, el Evangelio, el Credo, la Antífona del Ofertorio, el Sanctus, el Agnus Dei y la Antífona de Comunión, sólo para mencionar algunas de las partes de la misa. Esto lo hacía el celebrante mientras el coro y el pueblo cantaban en latín sus partes respectivas y el subdiácono leía la epístola. El Evangelio lo leía el celebrante en voz baja primero y el diácono (presbítero vestido de dalmática) proclamaba solemnemente el Evangelio. Se llegó a pensar por algunos autores que la acción del celebrante era la única necesaria y que las funciones de los demás ministros y del pueblo eran superfluas. Lo importante era que el padre lo dijera y lo hiciera todo. Por este estado de cosas, la Constitución sobre la Sagrada Liturgia reiteró un principio muy antiguo y al parecer olvidado, y que dice así: “cada cual, ministro o simple fiel, al desempeñar su oficio, hará todo y sólo aquello que le corresponde” (SC n. 28).
Al ocupar su puesto en la nueva liturgia, el diácono debe ejercer todo su oficio y solamente su oficio. Para cumplir con este cometido, debe el diácono conocer bien su oficio. De nada sirve reclamar sin saber qué se reclama. Claro, que lo que se aplica al diácono, se aplica también al celebrante y demás ministros. Todavía hay algunos celebrantes que parecen no entender la presencia litúrgica del diácono que sirve sin presidir. Todavía lamentablemente se escucha la expresión “monaguillo glorificado”.

En cuarto lugar, la asombrosa supervivencia del maestro de Ceremonias

En cuarto lugar: En la práctica ha sobrevivido a la renovación post conciliar del Vaticano II un ministro que no aparece en ninguna de las rúbricas e instrucciones u ordenaciones de los actuales ritos: esto es, el Maestro de Ceremonias; hoy por hoy, el ceremoniero muchas veces asume una autoridad tal, que tiende a inhibir de su oficio a los demás ministros, al diácono en particular.
El Ceremonial de Obispos propone la necesidad de un maestro de ceremonias, que coordine, organice, ensaye, dirija las ceremonias como preparación a las mismas. Pero dice claramente en su número 35 que el ceremoniero “coordine oportunamente con los cantores, asistentes, ministros, celebrantes, aquellas cosas que deben hacer y decir. Dentro la celebración obre con máxima discreción; no hable nada superfluo, no ocupe el lugar de los diáconos y de los asistentes al lado del celebrante”. Es de notar que el ceremonial menciona al ceremoniero en sus números 34-37 y luego no lo menciona más en sus 1210 números.

VIDEO: Ritos y Signos: Los diáconos

 

Programa producido por Canal Católico 57 de El Salvador, en el cual se presenta, en forma clara y sencilla, la riqueza de los Ritos y Signos de nuestra Iglesia Católica. Conducido por el arq. René Belloso, cuenta con la participación de distinguidos sacerdotes católicos de El Salvador.

Formación diaconal en Chicago

El Instituto de Liderazgo Pastoral de la archidiócesis de Chicago dependiente de la Universidad de Santa María en el campus Lago / Seminario de Mundelein, tiene como uno de sus objetivos el formar adecuadamente a los futuros diáconos permanentes de nuestra Iglesia. Para este fin, nuestro instituto cuenta con el Programa de Formación para el Diaconado Permanente, que consta básicamente de dos grandes partes: el período de aspirantado y el de la candidatura.

Partimos en este proceso con el presupuesto de que quien busca el diaconado ha cursado y terminado satisfactoriamente el Programa de Ministerio Laico (dos años de estudios pastorales básicos), o bien ha terminado ya sus estudios teológicos en alguna otra institución, previa validación por parte del instituto.

Cuatro son las dimensiones o áreas en las que se centra la formación durante estos dos períodos: humana, espiritual, intelectual y pastoral.

Programa de Formación para el Diaconado Permanente

Dimensión Humana

“La formación para el ministerio comienza con la formación y el desarrollo humano. Los participantes deben, por lo tanto, cultivar una serie de cualidades humanas, no solamente para su desarrollo y autorrealización, sino también con miras a su ministerio.” (Directorio Nacional para el Ministerio y Vida de los Diáconos Permanentes, Núm. 106). Las metas de esta dimensión durante la formación del candidato incluyen lo siguiente:

  • Ser capaz de compartir sus experiencias y sus actitudes con los demás según lo verificado en la comunidad formativa, grupo de mentores, colocación en el ministerio pastoral, y autoevaluación.

  • Llegar a ser tanto líder como seguidor.

  • Usar su conocimiento para animar a los demás a reflexionar y compartir sus experiencias en el diálogo y la acción.

  • Demostrar la utilización de recursos adecuados para su desarrollo físico, emocional y espiritual.

  • Tener la iniciativa de estudiar por sí solo y cumplir con las tareas asignadas.

  • Saber escuchar, respetar a todas las personas y ser aceptado como participante de confianza que sabe guardar confidencias.

  • Poder estar abierto al cambio mediante el crecimiento reflexivo en la comprensión.

  • Poder expresar su posición en forma franca al compartir el diálogo y el estudio sin sentirse intimidado ni intimidar a los demás.

  • Integrar y fijar prioridades en sus límites personales en relación con la familia, diversiones, trabajo, ministerio y tiempo a solas.

  • Contribuir a un sistema de apoyo entre ellos.

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Dimensión Espiritual

Esta dimensión es el corazón y centro unificador de toda formación cristiana. Siendo siempre dinámica, su fin es promover el desarrollo de la nueva vida recibida en el Bautismo, estableciendo y alimentando actitudes, hábitos y prácticas que fijarán la base de toda una vida de continua vida en el Espíritu.(Cfr. Directorio Nacional para el Ministerio y Vida de los Diáconos Permanentes, Núm. 110). Como metas, esta dimensión buscará:

  • Ayudar a cada candidato a crecer en santidad, profundizando y cultivando su compromiso con Cristo y con la Iglesia.

  • Ayudar al candidato a discernir si tiene vocación para el diaconado.

  • Ayudar a profundizar su vida de oración personal, familiar, comunitaria y litúrgica, e infundir en el candidato un compromiso de oración diaria por la Iglesia, especialmente mediante la liturgia de las horas.

  • Fortalecer los carismas que ya ha demostrado en su vida.

  • Ayudar a integrar su nuevo compromiso de prepararse para el diaconado con los compromisos previos con su familia y con su empleo profesional.

  • Estar familiarizado con la relación entre espiritualidad y su compromiso con el ministerio de la caridad y de la justicia de la Iglesia.

  • Estar familiarizado con los escritos clásicos y contemporáneos sobre espiritualidad y el testimonio de los santos.

  • Estar preparado para los desafíos del liderazgo espiritual que su ministerio implica.

  • Estar familiarizado con la formación doctrinal.

Dimensión Intelectual

Una sociedad e Iglesia cada vez más educada y las nuevas responsabilidades de liderazgo en el ministerio diaconal, requieren que el diácono sea un testigo instruido y confiable de su fe y un vocero de las enseñanzas de la Iglesia. Por esto, esta dimensión debe comunicar un conocimiento de la fe y de la tradición de la Iglesia que sea “amplio y profundo”, de modo que el participante esté preparado para cumplir su vital ministerio.

La formación intelectual es un precioso instrumento para un discernimiento y ministerio efectivos. (Directorio Nacional para el Ministerio y Vida de los Diáconos Permanentes, Núm. 118). Como metas, esta dimensión buscará incluir en la formación:

  • Conocer las enseñanzas principales de la Iglesia y dialogar sobre temas de actualidad a la luz de esas enseñanzas.

  • Poder hablar de manera informal acerca de las vocaciones cristianas y del ministerio ordenado, particularmente sobre la Orden de los Diáconos y su triple ministerio de palabra, liturgia y caridad y poder relacionar este conocimiento con su discernimiento vocacional personal y comunal.

  • Participar activamente en la Eucaristía como lector o como ministro extraordinario de la Eucaristía, y en el ministerio con los enfermos.

  • Poder experimentar e invitar a los demás a experimentar profundas expresiones de oración y formas de espiritualidad cristiana.

  • Pueda remitir a otros a los recursos pastorales apropiados, según las necesidades de la comunidad.

Dimensión Pastoral

El propósito de esta dimensión es mucho más que familiarizar al participante con algunas técnicas pastorales: se trata de iniciar al aspirante y candidato en la sensibilidad de lo que significa ser un discípulo de Jesús, que vino a servir, no a ser servido. (Directorio Nacional para el Ministerio y Vida de los Diáconos Permanentes, Núm. 126). Esta dimensión es la integradora del proceso de formación, forjando un lazo estrecho entre las otras tres dimensiones, e incluye como metas:

  • Poder nombrar los recursos teológicos apropiados que sean útiles para el estudio y servicio ministerial.

  • Poder comunicarse eficazmente en forma oral y escrita.

  • Utilizar eficazmente diversos patrones de comunicación cultural según sea el caso, y usar recursos multiculturales apropiados y dirigir a los demás hacia éstos.

  • Discernir la manera en que Dios lo llama al ministerio y, en reflexión, relacionar su experiencia pastoral y personal con la teología, captando la presencia de Dios al interesarse por las necesidades de pobres o de los más necesitados.

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Participación de la Esposa

“La familia es la comunidad primaria que acompaña al candidato en su jornada de formación. A los candidatos casados, la comunión de vida y amor establecida por la alianza matrimonial y consagrada por el Sacramento del Matrimonio, ofrece una ayuda singular en el proceso de formación. La familia del candidato soltero también contribuye a su formación…” (Directorio Nacional para el Ministerio y Vida de los Diáconos Permanentes, Núm. 212).

Durante el tiempo del Aspirantado, es requisito que la esposa del aspirante acompañe a su esposo a todos y cada uno de los eventos programados. Con esto se busca que la esposa conozca y entienda bien lo que es el diaconado y las responsabilidades y el estilo de vida que éste demanda, de modo que ella sea plenamente consciente de ello antes de otorgar su permiso.

Durante los años de Candidatura, las esposas tienen la opción de una participación completa o parcial en el programa. Esto significa que, aunque las esposas no están obligadas a participar en los cursos para diáconos, ellas podrán participar en los cursos si así lo desean. Las esposas que se comprometan a acompañar a sus esposos deberán participar de todas las clases y actividades que requiera el programa; las esposas que decidan no acompañar a sus esposos en los cursos, deberán entonces acompañarán a sus esposos en todos los días de formación, talleres, reuniones de evaluación y retiros.

Acompañante Espiritual

La Dirección Espiritual es parte integral del proceso de formación de toda persona que se prepara para el ministerio pastoral. Es el acompañamiento en el camino espiritual de una persona para ayudarle a discernir lo que El Espíritu Santo le está motivando sobre los designios y la voluntad de Dios en su vida. Es la formación individual de una persona que busca con sinceridad el crecimiento personal hacia la santidad en esta vida Generalmente la dirección espiritual es entre dos personas: el/la director(a)/acompañante y el/la dirigido/a.

Proceso de Elección del Director/Acompañante Espiritual

Cada formando deberá tener un director espiritual. Estos encuentros con una persona conocedora y experimentada en los procesos de crecimiento espiritual le permitirán a los/as formandos poder comprender y asumir la propia experiencia de su historia personal a la luz de la Palabra de Dios. Los Directores Espirituales acompañan a sus dirigidos en el proceso de discernir las experiencias y etapas de su propio camino espiritual.

  • El director espiritual deberá ser elegido de la lista de directores aprobada por el Cardenal (ver Manual de Formación Espiritual). También el formando puede proponer a una persona de su propio conocimiento. En ese caso, necesita contar con la aprobación del cardenal, que será solicitada por el ILP.

  • Para director espiritual no deberá ser elegido el propio párroco, dado que él será parte del fuero externo en el proceso de evaluación de los aspirantes y candidatos.

  • El formando tiene la responsabilidad de ponerse en contacto con su director espiritual y de informar al equipo de formación del ILP sobre la regularidad de sus encuentros. El formando debe tener su director espiritual normalmente a más tardar el 1 de diciembre del año en que inicia su aspirantado.

  • Si fuese necesario, se podrá cambiar de director espiritual. En ese caso, deberá notificar a los directores del ILP sobre dicho cambio.

  • Se espera un encuentro del formando con su director/a espiritual una vez cada seis semanas como mínimo.

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Se recomienda que también las esposas de los Aspirantes y Candidatos tengan un director espiritual.

Las conversaciones con el director espiritual son de carácter confidencial, por los que los directores no podrán compartir el contenido de estas con los formadores, a menos que tengan el consentimiento del dirigido. En este sentido, lo único que el ILP puede preguntar a los directores espirituales es sobre la regularidad de las entrevistas que tuvieron con los/as formandos.

Supervisión

Supervisor

Cada Candidato deberá tener un Supervisor. Esta persona será por regular el párroco u otra persona asignada por el Párroco. El Supervisor y Candidato se reunirán mensualmente para compartir como va su proceso de formación y su crecimiento en relación a su servicio pastoral. Al mismo tiempo, el Supervisor ayudará al candidato a tener una mayor integración al trabajo ministerial de la parroquia, cuidando que se dé prioridad a la formación y al estudio. El candidato tiene el deber de tener al tanto a su supervisor de lo que está ocurriendo en el proceso de la Candidatura. El Supervisor deberá enviar una evaluación escrita al final de cada trimestre.

Evaluaciones

Tanto los Supervisores como el Equipo de Formación harán evaluaciones escritas trimestralmente sobre el proceso del candidato y su esposa; del mismo modo, el candidato y su esposa presentarán una auto-evaluación de su proceso. Las evaluaciones servirán al Equipo de Formación como una guía para ver dónde los participantes necesitan más ayuda, como también para ir descubriendo los signos positivos del llamado diaconal. “Toda evaluación, [por tanto], tiene un doble propósito. Afirma la identificación del participante de sus dones y capacidades, exhibe áreas de mayor crecimiento y desarrollo, e indica sus limitaciones” (DNMVDP, Núm. 156).

Entrevista/evaluación anual

Al final de cada año habrá una reunión entre el candidato y su esposa, el supervisor/párroco, y el equipo de formación. Esta reunión tiene como objetivo facilitar un diálogo para evaluar el proceso de formación del candidato. El candidato presentará una reflexión de su proceso, así como el equipo de formación harán sus comentarios y observaciones del proceso. Se pondrá atención en los logros y retos en cada una de las áreas de crecimiento: personal, espiritual, intelectual y pastoral

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Diaconado Permanente: Servir sin Presidir (Vídeo de programa “Mientras el Mundo Gira” de EWTN)

El crucifijo perfecto para un diácono: el elegido por Santa Teresa de Calcuta, el de Schoenstatt

El diácono, como ministro del cáliz , comparte un vínculo especial con la Sangre del Redentor, y en ese vínculo, una cercanía al sufrimiento del cuerpo de Cristo. ¿Qué mejor cruz que la elegida por Santa Teresa de Calcuta, aquella que representa a María recogiendo en un cáliz la preciosa sangre derramada por su Hijos? No es muy fácil de ver, pero el retrato oficial de canonización de la Madre Teresa representa lo que se conoce como la “cruz de la unidad” entre las manos en su rosario.cruz-madre-teresa

La cruz de la unidad está vinculado al movimiento de Schoenstatt, ya que fue creado por la primera generación de seminaristas de Schoenstatt chilenos que estudiaron en Brasil y Suiza.

La cruz de la unidad representa a Jesús en una cruz baja, lo que permite a María para ser presionado contra él, mientras se recoge la sangre en un cáliz que está en el centro de la imagen.

De acuerdo con Schoenstatt, la cruz de la unidad fue hecha a mano por el P. Angel Vicente Cerro, cuando era seminarista. Fue terminada en 1960 y presentado en el Santuario en Bellavista, Santiago, Chile.

Su significado:

Monseñor Peter Wolf explica que “la Madre Teresa encontró [una réplica de] esta cruz en la tierra en la calle y no sabía nada de su historia. Ella descubrió de nuevo en su visita al Vaticano y vio que era la cruz pectoral del arzobispo [Francisco] Errázuriz [de Santiago, Chile], que era entonces el Secretario de la Congregación para la Vida Consagrada. Madre Teresa le dijo que esta cruz expresa mejor lo que ella y su comunidad quería hacer: Como María al pie de la Cruz de Cristo moribundo y para reunirse con él allí. El arzobispo, más tarde cardenal, y luego le dio cientos de copias de esta cruz de la unidad de sus hermanas “.

 

La imagen original se encuentra ahora en el Santuario de Schoenstatt en Stuttgart, Alemania.

Monseñor Peter Wteresacruz14olf explica que “la Madre Teresa encontró [una réplica de] esta cruz en la tierra en la calle y no sabía nada de su historia. Ella descubrió de nuevo en su visita al Vaticano y vio que era la cruz pectoral del arzobispo [Francisco] Errázuriz [de Santiago, Chile], que era entonces el Secretario de la Congregación para la Vida Consagrada. Madre Teresa le dijo que esta cruz expresa mejor lo que ella y su comunidad quería hacer: Como María al pie de la Cruz de Cristo moribundo y para reunirse con él allí. El arzobispo, más tarde cardenal, y luego le dio cientos de copias de esta cruz de la unidad de sus hermanas “.

El cardenal Errázuriz es un sacerdote de los Padres de Schoenstatt, sirviendo a partir de 1974 como superior general de la comunidad. En 1990, fue nombrado secretario de la Congregación del Vaticano para los religiosos. En 1998, fue nombrado arzobispo de Santiago, Chile, y se retiró en 2010.

De hecho, el cardenal Errázuriz mismo ha explicado cómo era posible que la Madre Teresa recibió copias de la cruz de la unidad de sus hermanas:

El recuerdo de la conversación con la madre Teresa de Calcuta de la cruz de la unidad permanece grabado perfectamente en mi memoria.B-22.jpg

(Cuando trabajé en Roma) asistió a la Congregación para los Institutos de Vicruz-shonstandiaconalda Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica para hablar de un nuevo Instituto de sacerdotes que fue fundador. Su centro estaría en Tijuana, México. Este sería su Kolkata (muchas personas de América Central y México acudieron a esta ciudad después de haber abandonado sus hogares y se vende todo lo que tenían que cruzar la frontera hacia los Estados Unidos. No tuvieron éxito y sucumbieron a la inmensa pobreza).

Cuando ella me saludó y vio mi cruz pectoral, que es una copia de la Cruz de la Unidad, levantó ligeramente la chaqueta que llevaba sobre su sari y me mostró una pequeña cruz de la unidad que siempre llevaba consigo. (Ella no dijo nada sobre el origen de la cruz que llevaba.) Y añadió: ‘. Aquí está la Madre de Dios, junto con los más pobres entre los pobres “

Como se despidió, me preguntó si podía conseguir 3.000 cruces porque ella quería que cada hermana de la caridad para tener su propia. Yo quería darles este regalo. He encontrado suficientes donantes y los compré en México. Los envié a ella “.

Origen

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Sagrario de la Casa de los Pobres de Madrid

“Dimensión “servicial” de la Caridad: configuración existencial con Cristo Siervo” por Francisco Pérez Sánchez, pbo.

 

Charla impartida para la formación de candidatos y aspirantes al diaconado permanente de la archidiócesis de Madrid el sábado 29 de octubre 2016, en el Seminario Conciliar de Madrid por D. Francisco Pérez Sánchez.

D. Francisco es párroco de la Ascensión de Nª. Sª., es licenciado en Sagrada Escritura por el Pontificio Instituto Bíblico y Doctorando en Teología por la Universidad Gregoriana de Roma. Ha sido formador del Seminario Conciliar de Madrid durante nueve años.

Carta de un diácono al  que se encuentra en camino de serlo

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Querido hermano:

Me he puesto a escribirte para darte ánimos en ese camino que has empezado a recorrer y que, si Dios quiere, culminará el día en el que  nuestro obispo te impondrá las manos y te convertirás en diácono de Jesucristo.

Quiero empezar  exclamado: ¡Gracias hombre-orandoSeñor! ¡Qué bueno eres! ¡Qué mi lengua no pare de agradecerte por tanto como nos das y nos has dado!¡Y quiero darte las gracias muy especialmente por esta maravilla de vocaciones que nos haces llegar! ¡Son un verdadero regalo para este ministerio!¡Qué calidad de hombres!…. Si. No debemos de dejar de dar gracias y asombrarnos del enorme milagro que es el que haya personas tan generosas como tú que están dispuestas a sacrificarse por los demás, a emprender un largo y duro camino en el que hay que retomar hábitos ya olvidados, como el estudio….. y ¡todo desinteresadamente!

Tal vez te preguntes ¿Por qué yo?¿Por qué se ha tenido que fijar Él en mí? Buena pregunta. Sin duda el más apropiado para contestarte sea Él, así que acude a la oración y pregúntale por qué te quiere tanto como para hacerte un regalo tan grande como es el de configurarte muy especialmente con Él a través del sacramento del Orden.

Dicen que cuando alguien se ha encontrado algo bueno, que le hace feliz, no debe guardárselo para él solo, sino que debe compartirlo. Y es por eso que no pararé de animarte a que entres a formar parte de los diáconos de Jesucristo. Verás como este ministerio en el que nos dedicamkandra-575x864os al servicio, te va a hacer muy feliz, te va  a aportar mucho, seguro que será mucho más lo recibido que lo dado. Por ello no me cansaré de decirte: ¡Adelante! ¡Ánimo!  ¡Vas a disfrutar mucho!

Fórmate muy bien porque cuando se acerque el momento de la ordenación te encontrarás que quizás hubieses deseado estar mejor preparado, conocer más el Evangelio, poder darte con mayor seguridad; pero en todo eso, lo más importante es tener el deseo de servir a Dios y de compartir las buenas nuevas con los demás.

Seguro que te llenó de orgullo el obtener títulos universitarios; poder ser reconocido por el mundo, conseguir conocimientos científicos, lograr bienestar; hay muchas y variadas cosas en las que podemos estar activos; pero nada de ello supera a las experiencias ganadas en el campo ministerial, y éstas son específicas para todo aquel que haya sido diácono. La diaconía es algo muy especial. Sentirás el gozo de servir ministerialmente, gozo al prestar tus labicropped-cropped-1diaconodiamadreteresa2212.jpgos al Señor para proclamar solemnemente palabras que salen de la boca del  mismo Cristo, gozo de poder bautizar y con ello derramar esa gracia santificante en forma de la materia del agua y poder crismar con tus manos no crismadas, gozo al coger al Santísimo y bendecirles con el Rey de Reyes y de elevar la copa de la salvación rebosante de la sangre del Redentor, gozo al mostrar a los demás el camino hacia la salvación y verles progresar en nuestra querida Iglesia. Sentirás verdadero gozo al testificar que Dios vive y saber positivamente que Él escucha nuestras oraciones.
Por supuesto que este camino no lo podemos recorrer solos y para ello el Señor nos ha regalado a unas esposas con las que poder compartir nuestra vida, alguien que nos apoyan plenamente, y que son nuestro sustento en los momentos de oscuridad. No dejes de dar gracias al Señor por aquella que es carne de tu carne y que tras la ordenFarrellPhotography_net-IMG_8465-500x333ación se convertirá ya  en única y por siempre esposa, incluso cuando la muerte os separe. No olvido a nuestros hijos, aquellos que Dios nos prestó para que les ayudásemos y nos ayuden a encontrarnos con Él y a trasmitirles el mayor tesoro que tenemos, que por supuesto es Él mismo.

Acabo pidiendo la ayuda de Nuestra Señora para que te acompañe en tan apasionante camino para que puedas ser icono de su Hijo que no vino a ser servido sino a servir. Que Él te guíe y proteja.

Un fuerte abrazo, con sincera fraternidad,

¿Qué mejor posdata que el salmo 115, el salmo diaconal?:

¿Cómo pagaré al Señor

todo el bien que me ha hecho?

Alzaré la copa de la salvación,

invocando su nombre.

Cumpliré al Señor mis votos

en presencia de todo el pueblo.”

¿Fue San Ignacio de Antioquía diácono?

San Ignacio en la carta a los Magnesios:se refiere a los diáconos diciendo que son servidores de la Iglesia al servicio de Jesucristo y que fueron establecidos por la voluntad de Dios. La expresión «compañero de esclavitud», que utiliza Ignacio para referirse a ellos, aparece en cuatro cartas.No se sabe la razón de su uso. Se ha especulado al respecto que quizás Ignacio no fuese realmente el obispo de Siria sino un diácono de allí. Se aduce en favor de esta posibilidad el hecho de que Ignacio declare en otras cartas que es «el último de la Iglesia de Siria», y añada asimismo que no es digno de pertenecer a ella. Sin embargo, esto choca frontalmente con alguna información contenida en la carta a los romanos.san-ignacio-de-antioquia

Desde luego, no deja de halagar continuamente a los diáconos en sus escritos:

“Os exhorto a que pongáis empeño en hacerlo todo en la concordia de Dios, bajo la presidencia del obispo, que tiene el lugar de Dios, y de los presbíteros que tienen el lugar del colegio de los apóstoles, y de los diáconos, para mí dulcísimos, que tienen confiado el servicio de Jesucristo, quien estaba con el Padre desde antes de los siglos, y se manifestó al fin de los tiempos.” (Carta a los Magnesios, 6-7).

Y, del mismo modo, los que son diáconos de los misterios de Jesucristo deben complacer a todos los hombres en todas las formas. Porque no son diáconos de carne y bebida sino siervos de la Iglesia de Dios. Es propio, pues, que se mantengan libres de culpa como si fuera fuego.

 De la misma manera, que todos respeten a los diáconos como a Jesucristo, tal como deben respetar al obispo como tipo que es del Padre y a los presbíteros como concilio de Dios y como colegio de los apóstoles. Aparte de ellos no hay ni aun el nombre de iglesia” (Carta a los Trollanos, 2-3).

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